Hebert Gatto
Hebert Gatto

Clases sociales y central sindical

El pasado 1° de mayo los uruguayos no acusamos inquietudes. A diferencia de otros lugares, tuvimos la seguridad de que nada importante sucedería por aquí y la tradicional jornada de homenajes a los trabajadores transcurriría sin sobresaltos. Tal como ocurrió.

El pasado 1° de mayo los uruguayos no acusamos inquietudes. A diferencia de otros lugares, tuvimos la seguridad de que nada importante sucedería por aquí y la tradicional jornada de homenajes a los trabajadores transcurriría sin sobresaltos. Tal como ocurrió.

Todos sabemos que la democracia uruguaya es capaz de continentar sus desacuerdos y contradicciones y resolverlos, o por lo menos amortiguarlos, estimaba Real de Azúa, por las vías del diálogo y la transacción. Ésa ha sido nuestra historia durante el siglo XX, y en esa tarea, con algunas interrupciones y excepciones, se han empeñado tanto la derecha como la izquierda política.

De allí que superados los avatares de la última dictadura sigamos inmersos en una sociedad mesocrática sin estridencias ni extremismos; una condición que si en algún momento pudo ser menospreciada, hoy podemos valorar como un logro de nuestra convivencia. En la medida, además, que esta estabilidad institucional básica para la subsistencia de la democracia y tan excepcional en este continente, no supuso imposibilidad de cambio ni freno a la innovación.

Por eso, en este panorama lejano al idilio pero que devenido en rutina no resulta fácil valorar, debo confesar que me sacudió la forma en que se abrió el acto del l° de mayo, con los dirigentes del Pit-Cnt apuntando al cielo con el puño cerrado, con rostros de estar propiciando la toma del Palacio de Invierno, por el Soviet de Petrogrado bajo los acordes de la Internacional.

Se dirá que no se trata de ninguna novedad, que el ritual se repite año a año, que no todos los directivos de la Central suscriben afiliaciones leninistas y que, más que una intención rupturista, repite una práctica imprescindible para renovar su identidad como clase, tan amenazada en tiempos confusos. Aún así, y pese a estos descuentos, sigue siendo un ejercicio que encierra una cuota de confrontación poco acorde con un país bastante alejado, en ambos extremos del espectro político-partidista, de cualquier devaneo rupturista contrario a sus medianías. Un logro, insisto, que no podemos debilitar en base a una impenetrabilidad ideológica que las experiencias del siglo pasado no secundan.

Digamos, para no ser mal interpretados, que estas prevenciones no suponen negar a los sindicatos su rol en la defensa de los trabajadores, ni pretende disminuir su presencia para atenuar los efectos más dañinos del mercado, que bien sabemos, devasta a los más débiles. Más bien se trata de descubrir lo que subyace a esta iconicidad revolucionaria de la que esto es solo un ejemplo, como la pretensión de erigir a los obreros en una clase social que en el devenir histórico -tal como la Central lo entiende e impulsa- sea sujeto protagónico de desarrollos contrarios a la democracia liberal. Una clase que asuma que su función no es mejorar su condición relativa sino suprimirla, abandonando su rol social para asumir uno político.

Tal es, sin eufemismos, lo que propone a texto expreso la central sindical con sus perennes determinaciones clasistas, dirigidas a entronizar la dictadura perpetua de la que ella representa. Tal como si, para perfeccionar la democracia, impidiendo que primen en ella intereses particulares (lo que es deseable), fuera necesario suprimirla.

Por eso preocupan los puños cerrados.

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