Hebert Gatto
Hebert Gatto

Argentina cambia el modelo

Pese a su estrechez, el triunfo de Macri en el balotaje fue claro, votó bien en todo el país, tanto que aumentó su capital electoral en más de cuatro millones trescientos mil votos -pasando del 33% al 51.4%- y más que bien en sus zonas más desarrolladas como en la provincia de Buenos Aires, donde contrariando la tradición, impidió que Daniel Scioli incrementara demasiado sus adhesiones.

Pese a su estrechez, el triunfo de Macri en el balotaje fue claro, votó bien en todo el país, tanto que aumentó su capital electoral en más de cuatro millones trescientos mil votos -pasando del 33% al 51.4%- y más que bien en sus zonas más desarrolladas como en la provincia de Buenos Aires, donde contrariando la tradición, impidió que Daniel Scioli incrementara demasiado sus adhesiones.

En la capital del país, obtuvo guarismos inéditos, al igual que lo hizo en Córdoba con más de novecientos mil votos de ventaja, mayor diferencia absoluta que la obtenida en toda la nación.

En ese panorama lo destacable fue la inteligencia política de Macri, que armó una coalición electoral con la Unión Cívica Radical y el Movimiento de Elisa Carrió, consolidando a su joven partido y, contrariando a parte de sus votantes, se rehusó a una alianza electoral con Sergio Massa, intuyendo, que pese a sus riesgos, era preferible que ambos concurrieran por separado a las generales.

Probablemente supuso que ello impediría la eventual victoria de Scioli en el balotaje, al dar mayor comodidad en su voto a los peronistas massistas quienes en primera instancia se inclinarían por su candidato, y luego, tal como sucedió, se volcarían mayoritariamente contra el oficialismo. Con esta actitud logró la presencia de tres candidatos fuertes en las generales, que al forzar una segunda vuelta, resultó definitoria.

Tanto es así, que se considera que más de dos tercios de los votantes de Massa apoyaron a Cambiemos (la coalición de Macri) en el balotaje, tal como lo prueba la elección en Córdoba y la escasez general de votos en blanco, mientras que los sufragios que obtuvo Scioli en segunda instancia sólo fueron mayoritarios entre quienes habían adherido a la extrema izquierda de Del Caño. Un conjunto de militantes que, herederos del viejo revisionismo, asumieron que Scioli representaba a la única izquierda que quedaba y con la que no había otro remedio que conformarse. Una actitud similar a la que adoptaron los seguidores del Frente Amplio uruguayo, adheridos a un ideologismo ritual que argumenta que el populismo equivale a la izquierda del siglo XXI y hoy, con temor, husmean en declive en el continente. Es necesario sin embargo, que la victoria no maree, ni se desaten esperanzas infundadas basadas en utopías refundacionales.

Nada motiva más a los pueblos que el entusiasmo por el pleno regreso de la democracia, la restauración de la justicia y la irrestricta vigencia de los derechos humanos, no únicamente en los vejados por las dictaduras militares, sino entre todos los habitantes sin distinciones.

Momentos como este, donde mucha gente parece despertar de un sueño, suelen estar gobernados por la omnipotencia de la voluntad y el descaecimiento de la razón. Un defecto que tan pronto se acalla el primer entusiasmo despierta y pide cuentas. Como ya se vivió en la Argentina durante los dolorosos avatares del gobierno de Alfonsín, que a su pesar debió permitir que surgiera un Menem peronista. Al que sucedieron dos administraciones kirchneristas igualmente peronistas, que perduraron más de una década. Un movimiento del que los argentinos ni aprenden ni olvidan, como si en algunas instancias el Justicialismo se confundiera con el devenir de su propio país.

La victoria macrista fue clara, pero no definitiva. El gobierno si bien cuenta con el poderoso tríptico de la provincia, la Ciudad de Buenos Aires, con más del 40% de los votantes, más el Ejecutivo Nacional, no dispone de mayorías legislativas, y en el Senado apenas reúne un conjunto mínimo de senadores. Algo similar ocurre en las provincias donde, a priori, solamente lo apoyarían un puñado minoritario de ellas. Lo que, carente asimismo de claros apoyos sindicales, lo obligará a transar y acordar. Sin olvidar al Poder Judicial, desmantelado por la vocación arrasadora de Cristina, donde mucho debe hacerse para reconquistar valores.

Por su lado, la situación económica heredada, de ser reseñada, ocuparía varias páginas. Déficit fiscal, inflación, desocupación encubierta, subsidios insostenibles, precios administrativos, estancamiento de larga data, artificialidad monetaria, deuda externa inmanejable, ocultamiento vergonzante de los datos, pésima inserción externa, etc., etc. En síntesis, el costo usual del populismo. Saldarlo requerirá tiempo, prudencia y, por sobre todo, capacidad para lidiar con una oposición tan difícil como esta, con aspiraciones dinásticas y ansias de revancha.

Este panorama obliga a reflexionar sobre el futuro. En Argentina fue derrotado un modelo económico que el propio peronismo bautizó como “nacional popular”, pero que admitió en su seno variantes tan decididamente contradictorias como el menemismo y el kirchnerismo. Aún cuando no resulta evidente cuál versión del capitalismo advendrá, lo relevante en estos comicios fue la voluntad de sustituir el entorno de enfrentamiento existente por un nuevo modo de relacionamiento entre los ciudadanos.

Si bien es claro que las clases sociales aparecen como posiciones sociales estáticas, tanto en la producción de bienes como en su distribución, es menos obvio que esa existencia topográfica se manifieste políticamente de modo definido. Esta elección es una clara demostración de esta distancia. La economía pese a su influencia no dirige los pronunciamientos políticos. Tampoco los pobres y marginados votan necesariamente a quienes presumen de representarlos. Ni los adversarios políticos son por definición enemigos.

La mayoría de los argentinos se hartaron de un clima de prepotencia, ausencia de convivencia, movilización permanente, desconocimiento de derechos, protestas infundadas y, fundamentalmente, de un ambiente plagado de mentiras oficiales. Quieren sustituirlo por un objetivo seguramente más modesto: una convivencia más armónica que en lugar de energúmenos ideológicos abra paso a la vida de ciudadanos justos y civilizados en el seno de una democracia liberal justiciera.

No parece desmedido.

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