Gina Montaner
Gina Montaner

"Me too" o "yo también"

Me too" o "Yo también", es el lema que circula en las redes sociales como una imparable bola de fuego. Se trata de una iniciativa que ha cobrado fuerza a raíz del escándalo sexual en el que está implicado el productor de cine Harvey Weinstein.

Según testimonios que se han ido multiplicando con el paso de los días, el que fuera presidente de Miramax y después de The Weinstein Company, durante años presuntamente acosó y agredió sexualmente a una serie de mujeres. Por lo que relatan sus supuestas víctimas, este influyente personaje de Hollywood encajaba en el perfil de un depredador sexual. Insaciable, al parecer acorralaba a actrices, modelos y empleadas con la supuesta connivencia de su entorno.

Por lo que se desprende de las denuncias que ahora acaparan los titulares, el modus operandi de Weinstein seguía un patrón: desde su cargo de poder y con la capacidad de hacer o deshacer el futuro de jóvenes que aspiraban a labrarse una carrera en el cine, ejercía la coacción más grosera, incluyendo, según los testimonios que han salido a la luz, hasta la embestida física para conseguir sus fines.

Lo que ahora se va conociendo sobre Weinstein (que desde hace años era un secreto a voces en la industria del cine) forma parte de una vieja y execrable tradición que no se extingue: la de hombres al mando que de un modo u otro someten a las mujeres con o sin su consentimiento. En un acto público, la popular actriz de Bollywood Priyanka Chopra acertó al decir que este problema recurrente no se fundamenta en la sexualidad sino en el poder, añadiendo que desde esa posición de supremacía del varón lo más fácil es arrebatarle a la mujer la posibilidad de trabajar.

Hollywood, con su idolatría a la belleza y el físico, es el ejemplo superlativo de este tipo de abuso sistemático en el que la cosificación de la mujer parece una cláusula obligada. Sin ir más lejos, con motivo de la reciente muerte de Hugh Hefner, fundador de la revista Play-boy, no han faltado los obituarios que lo señalaron como uno de los protagonistas del movimiento de liberación sexual, cuando en realidad su existencia estuvo consagrada a que los hombres recibieran el máximo placer por medio de mujeres disfrazadas de conejitas complacientes. Antes de que surgiera una mayor conciencia sobre la cosificación de las mujeres, según ha relatado una de sus playmates, en su mansión eran habituales las orgías con muchachas que dudosamente alcanzaban la mayoría de edad y a las que se les suministraban Quaaludes (un sedante hipnótico) para desinhibirlas sexualmente con la "exclusiva" clientela de señores poderosos y famosos que pasaban por allí.

Pero los presuntos desmanes de Weinstein (recordemos las denuncias que han pesado sobre Woody Allen, Roman Polanski y hasta el venerable Hitchcock) no se limitan a la industria cinematográfica. Abundan los cuentos de horror en todos los ámbitos públicos y laborales: desde la política a las megaempresas. Fue lamentable el abuso de poder del expresidente Bill Clinton con la becaria Monica Le-winsky. Y es penoso que hoy ocupe la Casa Blanca un hombre que, presumiendo de su fama, se ha jactado de propasarse sexualmente: "A las mujeres las puedes agarrar por la vagina. Puedes hacer cualquier cosa", ha dicho el presidente Trump.

En cuanto al mundo empresarial, ahí está el escándalo de Uber, con directivos aquejados de exceso de testosterona y desvergüenza que hasta hace poco acosaban laboralmente a las mujeres o sencillamente las trataban con condescendencia. Asimismo, los sesudos hombres que manejan Silicon Valley también perpetúan una cultura machista más propia de la era de los Mad Men en los años cincuenta que la de los desenfadados milenios.

La necesidad de cosificar a la mujer (no es casualidad el término "mujer objeto") y encasillarla en dos categorías —la de la "puta" para el goce carnal y la de la "madonna" para formar una familia— pervive como un mal endémico a pesar de los innegables (pero insuficientes) avances en lo que respecta a la igualdad de género. No obstante, casos como el de Weinstein solo son el asomo de lo extendido que es el acoso sexual del que son víctimas tantas mujeres en sus muchas variantes y diversos escenarios: en el trabajo, en las relaciones personales, en el hogar, en el conjunto de la sociedad.

Es casi inevitable que las mujeres sufran en mayor o menor medida este tipo de acoso en algún momento de sus vidas. Por eso es tan importante dotarlas desde muy temprano de la formación, conciencia y herramientas para defenderse y combatir este atropello que mezcla de manera tan dañina la fuerza, el sexo y el poder. No hay otra manera de acabar con la sumisión.

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