Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Sin violencia

La violencia contra las mujeres es una conducta despreciable y debe ser perseguida por todas las formas que permite la ley.

La violencia contra las mujeres es una conducta despreciable y debe ser perseguida por todas las formas que permite la ley.

La sensibilidad sobre las pautas de comportamiento que puedan justificarla debería ser un motivo de preocupación para toda la sociedad, en orden a evitar o mitigar los daños que causa en víctimas inocentes, un estado de cosas que permite aún valoraciones discriminadoras en base al género.

Uruguay tiene el mayor registro de América Latina de violencia contra la mujer. Sin embargo, ¿podemos afirmar rotundamente, como hacen los defensores de la ideología de género, que el “sistema heteropatriarcal” es la causa principal y excluyente de la violencia contra la mujer? La respuesta es crucial porque condiciona la convivencia social en cuestiones centrales como los derechos individuales, la asignación de recursos y la orientación de políticas públicas. Veamos.

En Uruguay viven cerca de 1.600.000 hombres de diversas edades, responsables en su inmensa mayoría de los crímenes de género denunciados.

Aun sabiendo que hay muchos más casos de violencia de género (buena parte de ellos tomarán estado público cuando sea demasiado tarde), las cifras muestran que el porcentaje de hombres violentos es muy bajo.

Si la causa de la violencia contra la mujer fuera cultural y atribuible a un omnipresente “sistema heteropatriarcal” (también denominado “heterocapitalismo patriarcal”) habría que esperar una conducta violenta generalizada en los hombres.

Sin embargo, las cifras demuestran que ocurre lo contrario. Definitivamente, los hombres no somos robots activados por una matriz patriarcal y violenta.

Deberíamos entonces pensar que las causas “culturales” (el machismo, principalmente) aunque existen, no son determinantes.

La psicología, la psiquiatría, la biología o la antropología, dicen más sobre la conducta violenta de los hombres que el denominado “heteropatriarcado”.

Más aún si se consideran los crímenes de género a la luz de los conocimientos sobre la violencia y sus causas.

Si bien toda sociedad tiene una potencialidad patriarcal y explotadora, no puede soslayarse la complejidad y contradicción de la interacción humana, ni tampoco las oportunidades que las democracias liberales han dado para encauzar la lucha por los derechos humanos, especialmente los de la mujer.

En una sociedad libre, el desarrollo personal no debe estar condicionado por cuestiones como el género, la raza o la clase social.

La idea de que la realidad biológica, de la que difícilmente podamos escapar, condena a las mujeres al rezago o la resignación, es una antigualla repulsiva.

El avance de la ciencia y la tecnología requiere sociedades flexibles, adaptativas y abiertas a la adquisición de nuevos conocimientos. Los tabúes conservadores y la ingeniería social del neomarxismo (del que la ideología de género es su más exitoso engendro) son dos concepciones antihistóricas y, por cierto, anticientíficas.

No parece sensato que el sistema político uruguayo, entre culpable, demagógico y perezoso, permita que se legisle sin un debate científico y filosófico más profundo sobre tan delicado asunto.

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