Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Víctor Hugo debe volver

El cese de Víctor Hugo Morales es un hecho doloroso. El intento de silenciar la voz de un periodista por razones ajenas a su idoneidad, siempre lo es. Nelson Castro, que compartía con el relator uruguayo la mañana en Radio Continental pero no sus opiniones políticas, fue aún más lejos: dijo que su despido era “una mancha para la democracia” argentina.

El cese de Víctor Hugo Morales es un hecho doloroso. El intento de silenciar la voz de un periodista por razones ajenas a su idoneidad, siempre lo es. Nelson Castro, que compartía con el relator uruguayo la mañana en Radio Continental pero no sus opiniones políticas, fue aún más lejos: dijo que su despido era “una mancha para la democracia” argentina.

Hace mucho tiempo que Víctor Hugo se había convertido en un referente del denominado “relato K”, una forma excluyente, agresiva y seudo ideológica de vivir la política y el poder que sólo se entiende en clave tercermundista. Sus programas excedían los límites del periodismo de opinión, en los que el conductor expresa sus puntos de vista sobre temas de actualidad con honestidad intelectual e independencia. Sus espacios radiales y televisivos se volvieron crecientemente proselitistas, abandonando cualquier resquicio de ecuanimidad y equilibrio con respecto al poder político que era, al mismo tiempo, su fuente de ideales y financiamiento.

Víctor Hugo cruzó la frontera entre el periodismo y la propaganda, al impulso de unos vientos propicios. Así, no se guardó epítetos, eslóganes, lugares comunes, golpes bajos, simplificaciones, manipulaciones y aproximaciones maniqueas. Este juego perverso, requiere tres partícipes necesarios: un poder político que lo promueva y financie, unos medios que lo amparen y aprovechen, y unos periodistas, devenidos en militantes, que lo practiquen.

Pero el juego tiene reglas muy duras: cuando los vientos rotan y el humor ciudadano cambia a los gobernantes, los propagandistas se quedan sin trabajo. En las democracias robustas, los gobernantes soportan la crítica de la prensa, aún de mala gana y de la mala prensa, porque conocen el rol del periodismo. En cambio, los empresarios de los medios regulados por el Estado (radio y televisión) prefieren no generar problemas innecesarios con la nueva elite, por lo que rápidamente se desprenden de los voceros del ancien régime.

Víctor Hugo conocía su final cuando comenzó a transitar por este camino.

Quizás, en esa vanidad y omnipotencia que dan la cercanía del poder y la celebridad, pensó que el juego nunca iba a terminar. Quizás solo fue un tiempo de furia y confusión. En todo caso, este período no debería hacernos olvidar que Víctor Hugo Morales ha sido, además de un gran relator y un valiente periodista, un hombre solidario con decenas de uruguayos que ni siquiera conocía y que recurrían a él cuando la vida en Buenos Aires se ponía difícil.

Quienes creemos en la superioridad moral de la libertad, deberíamos hacer oír nuestra voz en favor de que Víctor Hugo o cualquier vocero de cualquier sector político y en cualquier país, tengan los espacios en los medios de comunicación. No sólo porque eso es bueno y justo para ellos sino porque, además, lo es para el resto de la comunidad. También sería una señal de que la sociedad argentina que aplaudió a esa pandilla de cínicos ladrones conocida como “kirchnerismo”, aprendió la lección.

Para Víctor Hugo Morales, que eligió el camino de la victimización y la deslealtad institucional frente a lo que solo es la consecuencia de sus decisiones, parece tarde.

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