Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Vázquez, la ira de Dios

Tabaré Vázquez tiene códigos extraños. Por un lado, intenta victimizar a un vicepresidente que, según el Tribunal de Ética de su partido, incurrió en conductas inaceptables. Por otro, ceba su ira en los periodistas, para no aceptar que se equivocó en elegir a su compañero de fórmula.

Si se le pregunta, alegará que sus diatribas del lunes no eran contra los trabajadores sino contra los "grandes medios". Estaría incurriendo en un error. Las personas de bien suelen equivocarse y eso incluye a quienes han venido a este mundo para mandar y codearse con los poderosos, tanto como a los periodistas y otras especies inferiores. Acusar a Vázquez de incurrir en una "vil mentira" solo porque lo que dijo no se ajusta a la realidad, no sería aceptable para nuestros códigos.

En La Teja como en Palermo, el que se calienta pierde. Más aún, el que se calienta revela que perdió. Vázquez pudo redondear una salida sublime de la crisis política a la que quedó expuesto el Frente Amplio por la indecencia de su vicepresidente. Eligió ponerse camorrero y torcer la realidad.

Los códigos que se aprendían en los barrios eran bastante parecidos, pero quizás Vázquez fue víctima de malos compañeros, sobre los que tantas veces nos advertían nuestros mayores. Son ellos, guiados por la ambición y sembrando la mentira, los que desbaratan las más nobles empresas.

Solo quien busca confundir, quien desprecia a la verdad y a sus interlocutores y se enseñorea en la ignorancia, puede alentar la idea de convertir en víctima al victimario. Tapar de elogios a los corruptos para disimular su responsabilidad sería solo un intento vano si no fuera un discurso perverso y destructivo.

Pero volvamos a la hipótesis de que Vázquez se hubiera equivocado con relación a "la prensa" (aun sabiendo que tal argumento puede interpretarse como un acto de lesa presidencia) y su presunta campaña de bullying cotidiano contra Sendic, ese vicepresidente honesto, capaz y comprometido que solo vive en la psiquis del primer mandatario.

¿Cuánto habría durado ese despropósito si Sendic no hubiera mentido; si habiendo mentido lo hubiera aceptado; si no se hubiera corrompido con dineros públicos, si habiéndose corrompido lo hubiera aceptado, si no se hubiera burlado de los ciudadanos y de sus propios compañeros del Frente Amplio obligándolos una y otra vez a desmentirlo, y si, finalmente, el propio Presidente de la República no hubiera salido a decir públicamente que si un Tribunal de Ética lo encontraba responsable de conductas indecentes, él renunciaría?

Vázquez debería considerar que, aun seres inferiores como los periodistas, son capaces de asumir el compromiso de servir a la verdad. Eso permitió que tanto él como el resto de sus súbditos se hayan enterado de hechos de corrupción protagonizados por blancos y colorados. Y frenteamplistas, claro.

Es inútil pretender que Vázquez reflexione en base a cuestiones así de evidentes. El presidente está enojado por su fracaso en designar a Sendic para unas tareas que sobrepasaban su capacidad intelectual, su resiliencia y su sistema ético.

El presidente pudo tener una salida sublime a la crisis política en la que lo metió su compañero de fórmula, pero lo derrotó la ira, el ego y la vulgaridad.

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