Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Relaciones tóxicas

La comparecencia del ministro de Relaciones Exteriores, Rodolfo Nin Novoa, ante el Secretariado del Frente Amplio por tres temas de la agenda política y diplomática del gobierno, es una nueva expresión de la existencia de valores antagónicos en el seno del oficialismo.

Nin deberá enfrentar el escrutinio de su partido por las posiciones gubernamentales en torno al TLC con Chile, la condena a la dictadura venezolana y el apoyo a la unidad territorial de España, así definida en la Constitución. La citación es la expresión postrera de una izquierda que, lejos de batirse en retirada, mide fuerza y aún escarmienta a su otra mitad. La agenda de la reunión aporta ejemplos reveladores.

La izquierda moderada es pragmática en materia de comercio exterior y, en general, en economía. Si bien tiene reservas sobre el libre comercio, sabe que el bienestar de los ciudadanos depende de que haya más intercambios voluntarios.

La izquierda ortodoxa es ideológica. Cree que, en una sociedad capitalista, el comercio encarna siempre una apropiación de la riqueza de los trabajadores, y suele caer en las falacias del estatismo y el mercantilismo.

En la valoración de asuntos vinculados con los derechos y garantías fundamentales, la cosa cambia. Ya no se trata propiamente de cuestiones ideológicas sino morales.

La izquierda moderada tiende a defender el orden constitucional y los derechos, especialmente de las minorías, sin considerar la ideología del victimario. No siempre lo hace con rapidez y entusiasmo, pero lo hace. La izquierda ortodoxa, en cambio, no tiene una línea de conducta basada en principios generales. No la define la defensa de la ley y el respeto a los derechos humanos, sino la conveniencia política.

Así, la misma arbitrariedad será motivo de escándalo cuando la perpetre un gobierno de derecha (o incluso de izquierda moderada) pero será arropada con excusas, subterfugios, manipulación y mentiras cuando exista afinidad ideológica.

Los casos de Venezuela y Cataluña son sólo las evidencias más palmarias y recientes, aunque no las más trágicas, de esta duplicidad moral, lindante con el cinismo.

¿Está bien responder al delito contra la propiedad y la persona con largas penas de cárcel?

¿Qué debe hacerse en un Estado de Derecho con quienes convocan a violar la Constitución y acosan a los operadores de Justicia? La izquierda moderada tenderá a poner el énfasis en la rehabilitación y no en la condena en el primer caso, y en el segundo, abogará por una sanción ejemplarizante en el marco de la Justicia penal.

La izquierda ortodoxa, en cambio, variará de criterio según los hechos la acerquen o alejen del poder; justificará todo tipo de escarmientos a los reos si alteran el orden en un régimen afín, como en Venezuela o Cuba, y convertirán a los golpistas en mártires, aun tratándose de una democracia consolidada, como ocurre con la sedición de los líderes supremacistas catalanes.

¿Qué debería hacer ante semejante panorama el ministro de Relaciones Exteriores? Casi nada, salvo soportar aquello con entereza y reclamarle a sus compañeros moderados que enfrenten con mayor entusiasmo la defensa de la ley y los derechos humanos en todo el mundo.

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