Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Refugiados sí

La decisión del gobierno uruguayo de dar refugio a un grupo de diez familias salvadoreñas, víctimas de la violencia criminal en su país, ha vuelto a despertar voces de rechazo. El programa del que participarían sería similar al que ya existe y da cobijo a un centenar de refugiados de diversas nacionalidades que viven entre nosotros, sin que hayan perjudicado en nada la vida de los uruguayos.

La decisión del gobierno uruguayo de dar refugio a un grupo de diez familias salvadoreñas, víctimas de la violencia criminal en su país, ha vuelto a despertar voces de rechazo. El programa del que participarían sería similar al que ya existe y da cobijo a un centenar de refugiados de diversas nacionalidades que viven entre nosotros, sin que hayan perjudicado en nada la vida de los uruguayos.

Por extraño que parezca hoy, la Convención de Naciones Unidas sobre los refugiados, de 1951, tenía por objeto proteger a los europeos que sufrían la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Sería recién en 1967 que expandiría su protección a los desplazados de todo el mundo.

La Convención es clara en definir al refugiado como aquella persona que tiene “fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país”, bien que no pueda regresar a su país de residencia habitual.

En el caso de los salvadoreños, se trata de personas afectadas por la violencia generalizada de las maras y demás grupos irregulares, mafiosos y violentos, frecuentemente asociados en su accionar a la propia fuerza policial.

Los refugiados suelen ser tales, por la renuncia o la incapacidad de los gobiernos de proteger la vida, los bienes y la seguridad general de sus habitantes. Como las circunstancias por las que abandonaron sus hogares suelen precipitarse en cuestión de horas, por lo general los refugiados sólo pueden desplazarse con las pertenencias mínimas, y en ocasiones ni siquiera eso.

Muchos uruguayos expresan su rechazo a la llegada de refugiados en el entendido de que la ayuda que estos reciben bien podría ayudar a los connacionales a mejorar su calidad de vida. El razonamiento es equivocado. Los uruguayos contamos con varias vías de ayuda por parte del Estado en caso de necesidad. Casi todas ellas son superiores en montos y duración a las que reciben los refugiados.

En el caso de los salvadoreños que llegarán a Uruguay, uno de los requisitos es la habilidad para trabajar en tareas agrícolas, por lo que pasarán a engrosar un colectivo bastante menguado. Ninguno de los desairados uruguayos que protestan por la llegada de los salvadoreños cambiaría sus condiciones de vida para vivir como refugiado a más de 6000 kilómetros de casa. Ni siquiera para ir a trabajar en el campo en su propio país.

Detrás del rechazo a la llegada de refugiados se esconden sentimientos egoístas y prejuiciosos, dos cualidades que suelen aparecer en la matriz espiritual que preludia el rezago de los países. En sentido inverso, la capacidad de incorporar inmigrantes laboriosos sin sentir amenaza o menoscabo, ha ayudado a las naciones emergentes a salir adelante. Bien lo sabemos los uruguayos.

La llegada ordenada y razonable de refugiados ayuda a los países con poca población a diversificar y enriquecer su entramado social y productivo. Ya sea por un sentido humanitario o de conveniencia, deberíamos celebrar esta decisión del gobierno uruguayo.

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