Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Radical chic

El lingüista y agitador estadounidense Noam Chomsky estuvo en Uruguay, para retratarse junto a José Mujica y brindar una conferencia organizada por el Frente Amplio. Chomsky no solo es un radical de izquierda y propagandista antisistema nacido en Estados Unidos. Es probablemente el único que queda. Los promotores de la conferencia creen ver en Chomsky a un intelectual, capaz de ayudarlos a desentrañar los intrincados caminos por los que nos conduce la civilización actual. Se equivocan.

El lingüista y agitador estadounidense Noam Chomsky estuvo en Uruguay, para retratarse junto a José Mujica y brindar una conferencia organizada por el Frente Amplio. Chomsky no solo es un radical de izquierda y propagandista antisistema nacido en Estados Unidos. Es probablemente el único que queda. Los promotores de la conferencia creen ver en Chomsky a un intelectual, capaz de ayudarlos a desentrañar los intrincados caminos por los que nos conduce la civilización actual. Se equivocan.

Pensar es una actividad que ha sido sacralizada, como leer. Uno puede pasarse la vida leyendo textos menores, ensayos sobre la teoría antropocéntrica del universo, incluso la obra completa de Marcial Lafuente Estefanía y su improbable Far West, sin por ello avanzar un milímetro en su camino hacia el conocimiento. Lo importante de leer no está en el registro cognitivo del texto sino en la calidad de la lectura.

Lo mismo pasa con el pensamiento. Para que tal actividad sea fructífera, hay que aprender a pensar bien y esto solo es posible si se está en contacto con pensamientos rigurosos y exigentes. El problema con Chomsky no es su ideología radical sino su argumentación insustancial, su impostura pseudoacadémica y, peor aún, su desdén por el rigor. De modo que sus parrafadas sobre el imperialismo estadounidense, el riesgo de una guerra nuclear o los males del capitalismo, no nos hacen más sabios sino más tontos, lo que ya es decir.

Su idea de que Estados Unidos es moralmente equiparable a la Alemania nazi, su negativa a reconocer el genocidio cometido en Camboya por el régimen comunista de Pol Pot, su mirada sesgada sobre la Guerra Fría, su incapacidad para descubrir en el chavismo la matriz corrupta y autoritaria del madurismo, son debilidades intelectivas que se prolongan hasta nuestros días.

Chomsky vino a dejarnos su inveterada crítica al capitalismo sin reparar en la realidad, viejo vicio de los ideólogos apocalípticos. Los hechos (porfiados, como decía Seregni) muestran que la humanidad nunca ha tenido tanto éxito en luchar contra los tres grandes flagelos que la asolaron desde que se volvió sedentaria: las pestes, las hambrunas y la guerra. La época que nos tocó vivir ha resultado extraordinariamente liberadora para las mayorías oprimidas del mundo; en buena medi- da gracias al capitalismo, a pesar de todo lo que falta y de Chomsky.

Sin embargo, no todo es negativo. La visita de Chomsky fue también una especie de “tercerización de la autocrítica”, como lo definiera alguien en Twitter. Solo a una estrella del radicalismo chic se le permite decir que, aun registrando logros en su gestión de gobierno, la izquierda no fue capaz de derrotar la corrupción endémica y de ir más allá de una economía basada en materias primas. No es poca cosa.

Pero Noam Chomsky no solía ser comunista sino anarquista. De haber tenido más tiempo, habría sido interesante que compartiera con la animada tertulia por qué sostiene que “el golpe bolchevique de octubre del 17 dio el poder a Lenin y Trotsky, que rápidamente se dedicaron a desmantelar las incipientes instituciones socialistas que habían crecido durante la revolución popular de los meses precedentes”.

Es extraño que en el cen- tenario de un régimen hambreador, tiránico y genocida, Chomsky no se refiriera a tan interesante tópico. Quedará para la próxima.

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