Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Naturaleza viva

El debate sobre el femicidio, la violencia y la cuota de género se ha visto impactado por la marcha del pasado 8 de marzo. La marcha reunió a una cantidad suficiente de mujeres (y hombres) como para conmover aún al menos avispado, y nucleó diversas expresiones del universo feminista, en lo que se ha dado en llamar “los feminismos”.

El debate sobre el femicidio, la violencia y la cuota de género se ha visto impactado por la marcha del pasado 8 de marzo. La marcha reunió a una cantidad suficiente de mujeres (y hombres) como para conmover aún al menos avispado, y nucleó diversas expresiones del universo feminista, en lo que se ha dado en llamar “los feminismos”.

El plural hace honor a la verdad porque expresa miradas no convergentes, aunque subyace en estas, como en todo el debate contemporáneo, una tendencia a reducir las explicaciones sobre la violencia y la exclusión por razones de género a un denominador único, expresado como machismo, patriarcado (o bien hetero- patriarcado o incluso patriarcado capitalista) y otras definiciones igualmente unidimensionales.

Por macarrónico que nos parezca, el activismo feminista, como los radicales de izquierda y derecha, insisten en que tienen la bala de plata capaz de matar de un solo disparo a sus vampiros.

El rechazo a toda perspectiva genética que matice las causas de las conductas de hombres y mujeres, refleja el temor a que la tesis excluyente del patriarcado se desplome como un castillo de naipes.

El debate entre las ciencias experimentales y la filosofía y las ciencias sociales mantiene viva la tensión sobre si la neurobiología puede encontrar el puente que una el condicionamiento de la herencia genética y biológica con el de los procesos culturales.

El sociólogo mexicano Roger Bartra, ha sugerido que el problema puede resolverse con un tipo de investigación que no acepte la separación tajante entre “el espacio neuronal interior y los circuitos culturales externos”.

Steven Pinker, psicólogo cognitivo canadiense, advierte que la negativa a considerar las explicaciones de la neurociencia sobre la naturaleza humana está distorsionando el discurso público y la vida cotidiana. Pinker recuerda que la neurociencia explica cómo la presencia de una corteza prefrontal más pequeña y menos activa está estrechamente vinculada a conductas violentas y antisociales, en la medida en que participa en la inhibición de los impulsos y la toma de decisiones.

“Es casi seguro que estas características del cerebro no las exculpa de la información que llega de los sentidos, lo cual implica que las diferencias en la inteligencia, el genio científico, la orientación sexual y la violencia impulsiva no son enteramente aprendidas”, dice Pinker.

Otros científicos han hecho descubrimientos igualmente significativos sobre la relación entre los mayores niveles de testosterona (presentes ya en el feto) entre varones y mujeres, y el tipo de actividad profesional que unos y otras eligen, independientemente del entorno cultural en el que viven.

Ciencias como la genética del comportamiento y la psicología experimental tienen mucho más para aportar sobre los asuntos humanos de lo que está dispuesto a considerar el activismo feminista.

La aceptación de que existen causas no culturales en las conductas y preferencias de los géneros no va a mitigar el rechazo a la discriminación, la explotación y la violencia. Por el contrario, nos ayudará a enterrar a estas lacras sociales en el basurero de la historia, junto con la superstición, la ignorancia y la manipulación ideológica.

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