Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

"Imbecilli"

No entiendo por qué la traducción de la frase de Umberto Eco referida a los efectos negativos de las redes sociales no fue fiel al idioma italiano. Aunque no haya mucha diferencia entre unas “legiones de idiotas” con derecho a hablar y otras integradas por imbéciles (“imbecilli” en el original), los adjetivos no suenan igual.

No entiendo por qué la traducción de la frase de Umberto Eco referida a los efectos negativos de las redes sociales no fue fiel al idioma italiano. Aunque no haya mucha diferencia entre unas “legiones de idiotas” con derecho a hablar y otras integradas por imbéciles (“imbecilli” en el original), los adjetivos no suenan igual.

El rumor difundido por Facebook sobre una hipotética fase pandémica del dengue, presuntamente ocultada por las autoridades y seguida de unas advertencias y observaciones escalofriantes, sólo pudo ser creado y difundido por un imbécil.

La culpa no es del mosquito ni mucho menos de Facebook. Para que el rumor se viralizara (la similitud semántica resulta sorprendente) fue necesario que miles de personas, acaso no imbéciles sino ingenuas, lo replicaran sin cesar.

Sin estos cacharros de agua fresca, el virus del rumor habría muerto al nacer, pero no fue así. Por el contrario, en medio de la aparición de los primeros casos de dengue autóctono, tanto las autoridades como los medios debieron ocuparse de “lo que se está diciendo en las redes”.

La especie debería llamar la atención a todos los implicados. No a los imbéciles, que con su corto entendimiento son incapaces de comprender las repercusiones de sus actos, pero sí de las personas inquietas e inteligentes, que encuentran en las redes sociales material de interés y también información de calidad.

Si alguien piensa que no hay nada peor que “los medios”, siempre en las manos equivocadas y operando siniestros conjuros, conviene que se dé una vuelta por “las redes”, especialmente por Facebook: niños desaparecidos en Las Piedras, noticias viejas sacadas de contexto, artistas muertos que siguen vivos, figuras mediáticas escrachadas por frases descontextualizadas, colisión de meteoritos con la Tierra y toda suerte de imbecilidades, presentadas de tal forma que generan en el público inquieto pero inadvertido, una sensación de veracidad.

La proliferación de estas seudonoticias puede ayudar a la sociedad a reflexionar sobre los medios profesionales, aquellos que respetan los elementos fundamentales de la deontología periodística. El primero es que los hechos a que se refieren son reales, tienen fecha, lugar, nombre y dimensión precisas.

Podrá omitirse algún dato por no estar disponible o incluso publicarse un dato equivocado por error, pero cualquier persona podrá cotejar esa misma crónica o reportaje con otros medios y encontrar la corrección o la complementación necesarias.

Informar es una acción basada en la buena fe, la confianza, el conocimiento mutuo y el vínculo a largo plazo. Ningún rumor ni ningún imbécil de las redes respetan estas premisas. Dicho de otro modo: sólo a los medios y a los periodistas profesionales se les puede exigir tanto.

La noticia de la muerte de Eco llegó al Uruguay con el dengue, pero también con la confirmación de su polémica sentencia.

Es que las redes sociales son a los imbéciles lo que el Aedes aegypti al dengue: diseminan la enfermedad por lugares llenos de gente sana. Visto por el lado positivo, también sirve para que las autoridades, los medios responsables y la gente de bien, unan voluntades contra “la invasión de los imbecilli”.

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