Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

La guerra y la ley moral

Sun Tzu, el gran estratega chino, presumía de poder adivinar la victoria o la derrota de un ejército mediante un cuestionario de siete preguntas. La mayor parte de ellas tiene que ver con cuestiones militares, pero la primera está referida a la legitimidad de la causa por la que se lucha.

Sun Tzu, el gran estratega chino, presumía de poder adivinar la victoria o la derrota de un ejército mediante un cuestionario de siete preguntas. La mayor parte de ellas tiene que ver con cuestiones militares, pero la primera está referida a la legitimidad de la causa por la que se lucha.

“¿Cuál de los dos soberanos está imbuido de la ley moral?”, se preguntaba Sun Tzu. Ahora que Francia, y quizás buena parte de las potencias democráticas, parecen marchar nuevamente a una guerra más o menos convencional, conviene tener presente por qué se lucha.

Los atentados de París volvieron a poner a consideración de la gente la compleja trama de alianzas, guerras inútiles e hipocresía que caracteriza al juego del poder en Medio Oriente.

El error está en creer que la dimensión imperial (la vocación, acción y posibilidad de influir o controlar otros pueblos) radica únicamente en potencias como Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia o China.

Para entender cómo surgió y creció el Estado Islámico hay que tener en cuenta los intereses cruzados de las potencias regionales (Arabia Saudita e Irán, referentes del islam sunita y chiita, respectivamente), pero sobre todo de la hipocresía.

A excepción de Israel, ninguno de los países de Medio Oriente aliados de Occidente cuenta con algo parecido a la democracia. Por el contrario, se trata de tiranías medioevales como el reino de la familia Al Saud. Arabia Saudita es un buen aliado de Estados Unidos y Europa en el estratégico enclave petrolero, mientras libra su lucha religiosa contra el régimen chiita de Irán. Al lado de los sauditas, Alí Jamenei es un gobernante moderado, lo que ya es decir bastante.

El Estado Islámico fue creado y financiado por sauditas y qataríes para llenar el vacío de poder que dejó la invasión de George W. Bush a Irak (a la que Francia se opuso tenazmente) con el objetivo de derrocar a Saddam Hussein. El resultado no fue el advenimiento de la democracia sino del caos.

Una milicia sunita que pudiera controlar a Irak y, al mismo tiempo, colaborar en la lucha contra el sirio Bashar Al Assad (un tirano de la misma calaña que Hussein) y debilitar la influencia iraní sobre Siria y Líbano. La jugada fue al menos tolerada por Estados Unidos y Europa. Como se ve, en el fortalecimiento del Estado, la ley moral y los valores occidentales brillaron por su ausencia.

Francia se ve ahora arrastrada a una guerra que sólo ganará si envía sus ejércitos a combatir. El escenario que se viene (pérdida de vidas humanas, altísimos costos, etc.) es justamente el que las potencias occidentales querían evitar. Un escenario que el autoproclamado califa Abu Bakr al-Baghdadi y sus milicias criminales parecen haber elegido con premeditación y alevosía.

“Ganará quien sepa cuándo luchar y cuándo no luchar”, decía Sun Tzu.

Esta vez, Francia no puede elegir, pero su abrumadora superioridad militar no resolverá el problema de Medio Oriente. A lo sumo logrará neutralizar esta versión sanguinaria y delirante del islam radical.

Sin embargo, y como antes contra el nazismo y el comunismo, Europa y los países democráticos tienen la oportunidad de recuperar el valor de luchar imbuidos de la ley moral.

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