Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Esto va mal

El lunes de madrugada, un policía cayó asesinado a manos de un delincuente mientras cuidaba la seguridad de una pizzería. Esta debió ser la noticia y el tema de consideración y análisis de todos, empezando por sus superiores.

El lunes de madrugada, un policía cayó asesinado a manos de un delincuente mientras cuidaba la seguridad de una pizzería. Esta debió ser la noticia y el tema de consideración y análisis de todos, empezando por sus superiores.

Un agente policial muerto en tales circunstancias debe generar dolor, indignación y determinación policial en perseguir al criminal que lo ejecutó, y así debió ser procesado por sus superiores y por toda la comunidad a la que sirvió. Y eso porque la muerte de un policía a manos de un delincuente es un hecho de tal gravedad en lo humano, institucional y comunitario, que no admite ningún otro abordaje, de los muchos que el evento podría ameritar.

Si las autoridades del Ministerio del Interior y la Jefatura de Policía de Montevideo no lo entendieron así, además de delincuentes sueltos capaces de matar a un policía de manera salvaje, tenemos un problema político: nuestro elenco de gobierno no es capaz de distinguir lo principal de lo secundario, ni siquiera ante la muerte.

El asesinato de un subalterno es un asunto principal para cualquier jerarca público o privado. La muerte inesperada y violenta causa un impacto de tal magnitud en la ciudadanía (empezando por los familiares y compañeros de la víctima) que exige de los superiores capacidad de transmitir compasión (sufrir con los deudos y amigos), indignación y liderazgo. Nada menos ni nada más que eso.

Por increíble que parezca, el asesinato y el asesino quedaron invisibilizados en el discurso oficial, opacado por un ensayo de condolencia seguido de cuestiones secundarias, como el reglamento y el vínculo laboral de la víctima con su empleador. Así que vamos de nuevo.

El lunes de madrugada, un policía cayó asesinado a manos de un delincuente. Sobre esta noticia debió girar todo discurso que se ocupara del tema.

Si así no ocurrió la sociedad uruguaya está condenada a rendirse ante los criminales, que por otra parte son conscientes de que nos tienen de rodillas. Ya no sólo asesinan vilmente a nuestros policías, sino que además se las ingenian para que nuestro relato de semejante tragedia (los policías son unos funcionarios públicos a quienes entrenamos, armamos y alentamos para que nos protejan de los delincuentes) termine ocupándose principalmente de cuestiones administrativas o reglamentarias.

Gestionar supone hacer y comunicar. Esta relación es sinérgica, no optativa, y ambas expresiones de la gestión deben hacerse igual de bien. En el Ministerio del Interior ni siquiera comprenden algo tan sencillo.

Sus jerarcas creen que lo están haciendo mejor y que comunicar es, básicamente, ufanarse de que algunas cifras muestran una evolución favorable. Entonces, un criminal sale a robar una pizzería, mata salvajemente a un policía, y nadie parece tener claro qué se debe decir y qué no, en medio del dolor de la familia y de la mirada de los demás subalternos y conciudadanos.

Pero hay algo aún peor. Wilson Coronel no tuvo un sepelio con los honores que merecía porque para sus superiores no estaba de servicio, aunque la ley obligue a los policías a repeler siempre el delito y andar armados para ello durante las 24 horas del día, cada día de su vida, sin cobrar un peso por semejante grado de exclusividad y dedicación.

Esto va mal. Muy mal.

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