Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

El ajuste según Orwell

El lenguaje con que el gobierno y buena parte del oficialismo están abordando el ajuste fiscal parece salido de 1984, la célebre novela de George Orwell. En su ficción distópica, Orwell concibió una sociedad totalitaria (inspirada en los regímenes criminales pero reales de la Alemania nazi y la Unión Soviética) en la que el idioma se manipulaba para esconder la verdad.

El lenguaje con que el gobierno y buena parte del oficialismo están abordando el ajuste fiscal parece salido de 1984, la célebre novela de George Orwell. En su ficción distópica, Orwell concibió una sociedad totalitaria (inspirada en los regímenes criminales pero reales de la Alemania nazi y la Unión Soviética) en la que el idioma se manipulaba para esconder la verdad.

La novela inmortalizó conceptos tales como Neohabla y Doblepensar, mecanismos de manipulación con los cuales el régimen del Gran Hermano concebía sus célebres slogans “La guerra es paz”, “La libertad es esclavitud” y “La ignorancia es fuerza”.

Quizás esta influencia literaria explique algunas recientes declaraciones públicas del ministro de Economía, que insiste en llamar “consolidación” a lo que es, hablando derechamente, “tapar el agujero fiscal” y “pagar más impuestos”. La lectura del clásico orwelliano puede estar detrás de la poco feliz calificación de “modesto”, que hizo el presidente Váz-quez sobre el aumento del IRPF. Claro que nadie llegó tan lejos como el senador Rafael Michelini, quien calificó el rápido y previsible entendimiento entre el Ejecutivo y el Frente Amplio en torno al ajuste, como “un éxito”.

¿Cómo es posible que personas capacitadas y exitosas en el negocio de la política puedan caer en semejantes dislates? Si se descarta que los gobernantes y el oficialismo actúen con la maldad intrínseca a la pesadilla de Orwell (de hecho, estamos ante personas de bien, que quieren lo mejor para el país) las hipótesis sobre estas conductas terminan poniendo en tela de juicio su capacidad política o su coraje, en un asunto clave en la siempre delicada tarea de gobernar: cuando hay que asumir errores, es mejor hablar de manera franca y frontal. La gente puede aceptar el déficit fiscal como un error de cálculo; es mucho más difícil que acepte que los gobernantes eluden responsabilidades o le toman el pelo.

Da la impresión de que al gobierno no parece terminar de caerle la ficha. Pongámoslo blanco sobre negro: lo que están anunciando es un ajuste fiscal y eso le va a costar más dinero a los trabajadores. No solo a quienes cobran más de cincuenta mil pesos nominales, como falsamente se señala, sino incluso a quienes cobran más de 27.000 pesos en la mano. Esa es la realidad, por mucho que se quiera maquillar con la ironía absurda de la “consolidación fiscal”.

Pero como la política es un sistema en el que los contendores suelen compartir virtudes y vicios, buena parte de la oposición se lanzó a la cobranza de facturas con un lenguaje de características igualmente desencaminadas, aunque menos rebuscadas. No otra cosa puede decirse de expresiones como “fiscalazo” (el aumento de impuestos no alcanza tales proporciones, al menos comparado con los de otras épocas) o la proclama genérica de “No al ajuste”, como si los “jóvenes con Larrañaga” o Mandrake, puestos a administrar este desaguisado, pudieran evitar el uso de similares herramientas de recaudación.

Ante tan pobres performances, la ciudadanía tiene el sagrado derecho a enojarse y acaso la obligación de rechazar, ya no solo el despilfarro, sino también el oportunismo, el descaro y la manipulación.

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