Francisco Faig
Francisco Faig

Vientos y tempestades

Hay momentos en la vida de los países en que la Historia corre más rápido. De golpe, es como que se acumulan episodios que aceleran procesos mal disimulados pero muy latentes y que marcan rumbos ineludibles. Eso pasó esta semana.

Hay momentos en la vida de los países en que la Historia corre más rápido. De golpe, es como que se acumulan episodios que aceleran procesos mal disimulados pero muy latentes y que marcan rumbos ineludibles. Eso pasó esta semana.

Primero, por el desborde sindical. Es obvio que se puede manifestar descontento y tomar medidas para forzar situaciones a través de paros y huelgas. Es un derecho consagrado en la Constitución desde 1934. Pero el país está agotado de la arbitrariedad sindical que no regula, ni mide ni negocia, sino que patea la puerta para recién luego dialogar, como ahora con la educación. Toma de rehenes, siempre y desde hace demasiados años, a los niños más pobres. Vázquez, simplemente, puso un límite con la esencialidad. No niega el derecho a protestar ni a hacer huelga. Pero todo con sentido común. “Sin aventuras”, para retomar su fórmula. No se puede estar al golpe de balde de lo que fijen ciegas asambleas encolerizadas cuyos líderes sindicales no pueden (o no quieren) dirigir.

Segundo, porque nadie puede decir que Vázquez no fue claro en campaña sobre la esencialidad en la enseñanza. Y sin embargo, nadie nunca había golpeado allí tan fuerte al extremismo sindical como ahora lo hace él. Hay algo de razonable en la queja subyacente de la oposición hacia este Vázquez: durante años y años azuzó los vientos sindicales que hoy se desatan en violentas tormentas. Y hay algo de razonable también en la queja subyacente de los militantes de izquierda políticos y sindicales, hacia este Vázquez: durante lustros hizo creer que el Frente Amplio en el gobierno sería la salvación para todos. Sin embargo pasan los años y ya lo ve, no es así. Tercero, porque la desidia acumulada terminó pasando factura. No se puede eludir por años responsabilidades relevantes, remendar siempre todo con alambre y esperar que el barco no se hunda. No reglamentaron el derecho de huelga; potenciaron los sindicatos con recaudaciones que los enriquecieron; legitimaron el éxito de carreras políticas que pasaran por adiestramiento sindical; aumentaron presupuestos educativos sin jamás exigir, en serio, nada a cambio; potenciaron a las corporaciones al ponerlas en la dirección de los entes de enseñanza; y relativizaron la gravedad de la crisis educativa para deslegitimar al rival “pompita” en campaña electoral. Además, la numerosa nomenclatura frenteamplista se acomodó con suculentos salarios en las jerarquías del Estado. En esta última campaña electoral ilusionó con que el país de primera, con la sustantiva mejora de nivel de vida que ella tuvo en estos años, estaba a la vuelta de la esquina para todos. Convénzase escuchando de nuevo el spot televisivo de campaña, en el que Vázquez propuso su contrato con la ciudadanía del país que “no se detiene”: dijo que cambiaría “el ADN de la educación”.

Entonces, ¿qué creían que podía ocurrir? Cuando se pasa décadas dando manija, prohijando la cultura del reclamo y estimulando la división del mundo entre buenos y malos, lo más probable es que tarde o temprano todo termine en frustración. Sobre todo si se trata de profesores y maestros que están mejor formados que el resto de la sociedad. El problema ahora no es la educación. Es político. Si al final Vázquez no gana esta pulseada, ¿qué presidente nos queda?

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