Francisco Faig
Francisco Faig

El velo y la tolerancia

El tema del velo islámico (jiyab) de las jóvenes musulmanas portado en la escuela o el liceo trae consigo una interrogante más profunda y sustancial: ¿debe permitirse la expresión de particularidades religiosas dentro de instituciones públicas?

El tema del velo islámico (jiyab) de las jóvenes musulmanas portado en la escuela o el liceo trae consigo una interrogante más profunda y sustancial: ¿debe permitirse la expresión de particularidades religiosas dentro de instituciones públicas?

Hay quienes creen que es legítimo el porte del velo islámico porque aquí la expresión religiosa no proviene del Estado, sino de ciudadanos que son libres de expresar sus creencias. Están también quienes asimilan portar el velo con una práctica propia de una cultura que, dicen, debe ser respetada. De otra forma, estaría la sociedad imponiendo su criterio y violando el libre derecho que todos tenemos de exhibir nuestra particularidad religiosa en atuendos concretos. Hay que saber tolerar lo distinto. Si el velo es signo de pertenencia musulmana, ¿por qué impedirlo, cuando aceptamos al mismo tiempo pacíficamente que haya niños con sus crucifijos yendo a la escuela?

Nuestra tradición laica y la solución francesa de estos años van por un camino distinto. Cuando hay religiones, tradiciones y modos de vida diferentes en la misma sociedad, la tolerancia hacia esa diversidad pasa por tener instituciones que sean expresión de principios universales en un Estado abierto, laico y fuertemente republicano. No se niega el derecho a profesar una religión en el ámbito privado. Pero sí se exige que, en el espacio público de la escuela, se deje de lado. ¿Por qué? Porque allí debe expresarse la dimensión de integración ciudadana-republicana y no la multiplicación de diferencias religiosas.

Además, el porte del jiyab no es neutro. En una particular interpretación del Islam, la mujer debe vestir con recato y ocultar su belleza (y por ello, su cabellera). Se trata pues de una señal de sumisión de la mujer. ¿Acaso es posible entonces que nuestra laicidad acepte este símbolo que niega un principio republicano tan elemental como el de la igualdad de hombres y mujeres? Más aún: ¿es posible aceptarlo en niñas y adolescentes cuyos criterios no son los de un adulto libre?

Es claro que nuestro orden republicano debe asegurar la libertad de creer a quien profese su religión. Pero también lo es que en muchos casos esa profesión de fe trae consigo un dogmatismo intolerante que se empecina en limitar la libertad de los demás, emprendiéndola contra las garantías de la laicidad. No invento nada: en la escuela, hoy es el jiyab; mañana, almorzar sin carne de cerdo; en un futuro, hacer espacio para los rezos diarios o negar la selección natural de Darwin. Popper explicó la paradoja de la tolerancia de esta manera: si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia.

No hay solución perfecta. Pero el mejor recurso está en nuestra historia. Ha sido el de preservar el espacio de la escuela lejos de la expresión religiosa, sea esta el jiyab, un notorio crucifijo, un kipá o lo que fuere. No es intolerancia ni es imposición. Es respeto por la laicidad abstencionista. En la escuela, el uniforme que iguala y señala la única pertenencia válida, republicana y ciudadana, es la túnica blanca y la moña azul. Lo demás, que se exprese en el ámbito privado de las libertades de cada uno.

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