Francisco Faig
Francisco Faig

Uruguay internacional

La crisis de la presidencia rotativa del Mercosur nos recuerda que seguimos teniendo un problema importante de definición de política exterior.

La crisis de la presidencia rotativa del Mercosur nos recuerda que seguimos teniendo un problema importante de definición de política exterior.

Hay un principio elemental de realismo político que lleva a prescindir de la moral en relaciones internacionales. En particular, nuestros vínculos comerciales no deben estar condicionados por la calidad democrática de nuestros clientes y proveedores. Actuar de otra forma implicaría que solamente debiéramos de tener estrechos vínculos con una veintena de países con democracia plena en el mundo. Tendríamos que excluir a China y a Rusia, por ejemplo, por sufrir ambos regímenes autoritarios.

El problema con el Mercosur es que derivó tempranamente de un objetivo de apertura estrictamente comercial y regional a un proceso de convergencia política. Siendo la única democracia plena de Sudamérica, Uruguay terminó así enredado en consideraciones de valoraciones políticas con países tan poderosos económicamente como deficitarios en sus calidades institucionales. Porque la democracia, se sabe, no es solo votar en libertad periódicamente por partidos y candidatos plurales, sino que implica separación de poderes, libertad de prensa y de reunión, y respeto por derechos y garantías individuales: todas dimensiones en general muy ajenas a la política latinoamericana.

Además, hace ya tres lustros que el Mercosur se ha transformado en una estructura al servicio de los intereses de Buenos Aires y Brasilia. Mujica cedió mucho: limitó los vínculos marítimos con las Malvinas, por ejemplo, y permitió que se hiciera la voluntad de los más grandes con la irregular entrada de Venezuela en 2012.

Con todo, lo más grave es el cerrojo impuesto a cualquier iniciativa de apertura comercial unilateral de los países socios. Nin está queriendo abrirlo ahora que el signo político argentino (y en algo también el brasileño) parece permitirlo. Sin embargo, el convencido dogma izquierdista que cree que la única inserción internacional posible es a través de la unidad política regional amenaza seriamente con impedírselo.

¿Se defiende nuestro interés nacional con el actual esquema del Mercosur? Evidentemente no. El reciente Brexit vino a recordarnos la relevancia del papel de la soberanía de los Estados en la escena internacional. Para nuestro caso, la historia debiera recordarnos que somos independientes a pesar de la voluntad de nuestros vecinos. Por si fuera poco, el ineluctable desequilibrio de poderes regional en favor de Brasil, que será cada vez mayor, también debiera de terminar de convencernos sobre la completa obsolescencia de la ló- gica de patria grande que anima a la izquierda más aguerrida.

Precisamos retomar las riendas de nuestra política exterior desde la perspectiva de nuestro interés propio de Estado-nación. Si dejamos de lado las anteojeras sesentistas, veremos que precisamos amigos lejanos y poderosos que estén dispuestos a aliarse al pequeño y estratégico Uruguay y que sean capaces de contraponerse al ímpetu brasileño (y bonaerense): México ya hace ese juego con la Alianza del Pacífico; Estados Unidos nos ha tendido la mano varias veces; Gran Bretaña tiene ahora un nuevo papel para cumplir. Es hora de decir basta a este decadente Mercosur.

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