Francisco Faig
Francisco Faig

El Toba y Zelmar

Ayer se cumplieron 40 años de los asesinatos en Buenos Aires de Héctor Gutiérrez Ruiz, “el Toba”, diputado del Partido Nacional, y de Zelmar Michelini, importante dirigente colorado, luego fundador y electo senador del Frente Amplio en 1971.

Ayer se cumplieron 40 años de los asesinatos en Buenos Aires de Héctor Gutiérrez Ruiz, “el Toba”, diputado del Partido Nacional, y de Zelmar Michelini, importante dirigente colorado, luego fundador y electo senador del Frente Amplio en 1971.

La historia de aquel período ha cedido terreno a la narración de memorias parciales en las que el Frente Amplio es presentado como un actor decisivo, y casi que solitario, en la lucha contra la dictadura de 1973. Incluso, en el estado actual de nuestra cultura cívica y del muy difuso conocimiento ciudadano de nuestro pasado más reciente, la creencia común y mayoritaria es que los tupamaros ocuparon el papel protagónico en esa resistencia.

Hubo acciones y omisiones que asentaron esta creencia. Las acciones han venido sobre todo de grupos de interés, de investigadores y de protagonistas de aquellos años que mienten sobre la historia reciente. No se trata de las saludables divergencias de interpretaciones históricas, sino directamente del disimulo o la negación de lo ocurrido cuando ello conviene a cierta posición política. Por mencionar algunas de las mentiras más notorias, generadas desde la Universidad de la República: que la dictadura empezó en 1968; o que el único partido opositor a la dictadura fue el Partido Comunista.

Pero están también las graves omisiones que terminaron permitiendo la extensión y legitimación de estas mentiras de espíritu estalinista y compañero. De parte del mundo académico vinculado a la Historia y que se precia de cierta honestidad intelectual, porque no las contrarió armado del rigor científico y la pasión por la verdad. Han sido demasiado pocos los que han tenido el coraje de enfrentarlas.

De parte del mundo político, porque no dio la batalla por enriquecer de matices la memoria colectiva y dejó que se fuera expandiendo la fábula tupamara, con salpiques de interpretación comunista, incluso en los textos de historia avalados por la educación pública.

Los secuestros de Buenos Aires tenían como objetivo también a Wilson Ferreira, el candidato más votado de 1971. La dictadura cívico-militar intentó liquidar así a las principales figuras oposito-ras en el extranjero, que lo eran antes que nada y so- bre todo, por su convicción republicana. Estos asesinatos no fueron sin sentido político: el blanco esencialmente herrerista que era el Toba y el batllista de vertiente radical que era Zelmar representaban las dos grandes corrientes de pensamiento y acción democráticas de la historia del país.

Y tampoco fueron hechos aislados. En 1978, cuando los atentados con vino envenenado que terminaron matando a la madre de Luis Alberto Heber, también se buscó asesinar a los principales dirigentes blancos, pero esta vez los residentes en el país.

Más allá de los homenajes, el respeto del mejor legado político común del Toba y de Zelmar precisa de dos actitudes que, infelizmente, se encuentran poco.

La primera es el respeto por la historia fáctica, herramienta sin la cual la honestidad intelectual es imposible. La segunda es el compromiso democrático por encima de cualquier consideración partidario- sectorial- tribal: un gorila es siempre un gorila, sea diestro o siniestro. Sea Videla o sea Maduro.

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