Francisco Faig
Francisco Faig

Los tiempos de fútbol violento

El fútbol entre nosotros es un deporte, pero también una pasión. Ser hincha muchas veces se transforma en un signo de identidad y en un sentido de pertenencia hacia un colectivo que trasciende lo meramente deportivo.

Aquellas viejas prácticas de hinchadas rivales que compartían pacíficamente la misma tribuna, y que incluso aplaudían buenas jugadas o goles de buena factura del equipo rival son historia. En nuestra sociedad fracturada actual, miles de hinchas tienen otra percepción del adversario. Hoy se expande la convicción de que el hincha del otro equipo, como todo lo que atañe a ese equipo rival, es un enemigo a abatir. Así, se ha ido afirmando en estos últimos años la idea según la cual el mundo del equipo rival es de naturaleza distinta y por esencia siempre inferior al que uno adhiere.

Los argumentos no giran más en torno a calidad del juego, o tácticas y estrategias que sean bien presentadas y se comparen con provecho. En un campo más sencillo y primitivo, los deba

El fútbol entre nosotros es un deporte, pero también una pasión. Ser hincha muchas veces se transforma en un signo de identidad y en un sentido de pertenencia hacia un colectivo que trasciende lo meramente deportivo.

Aquellas viejas prácticas de hinchadas rivales que compartían pacíficamente la misma tribuna, y que incluso aplaudían buenas jugadas o goles de buena factura del equipo rival son historia. En nuestra sociedad fracturada actual, miles de hinchas tienen otra percepción del adversario. Hoy se expande la convicción de que el hincha del otro equipo, como todo lo que atañe a ese equipo rival, es un enemigo a abatir. Así, se ha ido afirmando en estos últimos años la idea según la cual el mundo del equipo rival es de naturaleza distinta y por esencia siempre inferior al que uno adhiere.

Los argumentos no giran más en torno a calidad del juego, o tácticas y estrategias que sean bien presentadas y se comparen con provecho. En un campo más sencillo y primitivo, los debates entre hinchas pasan por ejemplo, por quién es el decano; quién cuenta más glorias -siempre pasadas, porque desde 1990 ningún cuadro uruguayo gana nada relevante internacionalmente; qué infraestructura tiene uno u otro; o quién demuestra "más huevo" en el campo de juego -independientemente de resultados paupérrimos. Alcanza con prestar un poco de atención a la mayoría de los comentarios en redes sociales o programas especializados sobre fútbol para constatarlo.

Mientras que todo esto es el entretenimiento más popular de los uruguayos, el mundo del fútbol real se hace bastante opaco. No hay datos concretos y verificables, por ejemplo, de cuánto ganan los principales jugadores de nuestro medio por mes; de cuál es la situación patrimonial- financiera- económica de las instituciones que protagonizan los campeonatos; de cuánto efectivamente se recauda, para quién va y cómo funciona de verdad uno de los negocios más importantes del país. No es información pública a la que se acceda con facilidad, como por ejemplo, lo que se conoce sobre los salarios de Cavani o de Suárez en Europa.

Lo poco que se sabe es que la inmensa mayoría de los jugadores de Nacional y de Peñarol son unos privilegiados al percibir salarios de varios miles de dólares por mes. Ganan más que importantes empresarios; y mucho más que un ministro o que grandes escritores de fama internacional. Claro está, no pueden ejercer su profesión toda la vida. Pero en esos pocos años, cobran fortunas con las que se aseguran su tranquilidad económica para el resto de sus vidas.

Estos jugadores de fútbol son referentes que cargan sobre sus espaldas expectativas y frustraciones colectivas. Tienen una enorme responsabilidad porque, en nuestra sociedad fracturada que los idolatra, sus comportamientos son espejos en los que se miran decenas de miles de personas (y los más jóvenes). Como los dirigentes de fútbol, tienen un importante papel para cumplir en la promoción de valores claves para la convivencia en sociedad: respeto por el que siente y piensa distinto; aceptación del fracaso que ennoblece; sentido de urbanidad que obliga a cumplir las reglas de juego que nos hacen a todos mejor.

Cuando en los clásicos de cada verano terminan a las trompadas y con derivaciones en la justicia penal están traicionando su importante papel social. Precisamos con urgencia que tengan una actitud completamente distinta.

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