Francisco Faig
Francisco Faig

Tiempos complicados

Hay una combinación letal que envenenará la vida política del país sobre todo hasta las elecciones de 2019: la grieta política y las falsas noticias.

La grieta política no es nueva pero se ha profundizado en esta década de gobiernos del Frente Amplio. Por un lado, toma sus raíces en el antiliberalismo fundamental de la izquierda mayoritaria de la coalición oficialista, esa que está convencida de su superioridad moral y de ser una especie de vernácula portadora de un sentido de la historia clasista-hegeliano. Son raíces profundas, asentadas en décadas de una prédica de cultura política extendida y ciertamente hegemónica, y que dan sentido al universo simbólico mayoritario de la ciudadanía desde hace al menos treinta años.

Por otro lado, esa grieta se agravó con la práctica política del Frente Amplio apoyada en su legítima mayoría parlamentaria y con la implícita lógica de bloques del sistema electoral del balotaje. Guste o no, está instalado un ellos y un nosotros, que podrá matizarse en circunstancias excepcionales de unión nacional o por coyunturas de votaciones particulares en Diputados por ejemplo, pero que sin duda sigue llamado a estructurar la vida política del país por muchos años más. Podrán incluso reconfigurarse los bloques o cambiar su relación de fuerzas electorales, pero esta grieta política de trasfondo cultural seguirá instalada.

Las falsas noticias en política tomaron mayor notoriedad con el proceso electoral del año pasado en Estados Unidos, pero siempre existieron. Baste recordar, entre tantos ejemplos, aquella calumnia del diario de Fassano en la recta final de la campaña de 1971 sobre el financiamiento de la campaña de Wilson Ferreira por parte de Esso; o la campaña de falsedades del Partido Comunista, especialista internacional en este asunto de propalar mentiras, también contra Ferreira, en el proceso de fines de 1986 que terminó con el voto de la ley de caducidad.

Lo que sí es nuevo es que con las redes sociales se han multiplicado los actores que, con el pretexto de informar a la gente, en realidad difunden a sabiendas o por descuido todo tipo de noticias falsas. El asunto es socialmente grave, porque termina muchas veces en linchamientos colectivos que pisotean el buen nombre de personas que no tienen posibilidad alguna de defender su honor. Y también es políticamente grave, porque las noticias falsas en las redes sociales no ocurren en un entorno neutro, sino que como bien explica Eli Pariser con su concepto de burbuja de filtros, operan en un contexto que reafirma preconceptos e identidades ya fijadas de quien navega en internet.

En definitiva, las noticias falsas diseminadas en las redes terminarán profundizando la grieta ya bien instalada por otras vías más estructurales y de largo plazo. El debate político está llamado a transformarse así en una pugna feroz en la que no brillarán las consideraciones racionales, analíticas, prudentemente comparativas, hechas de contenidos y valoraciones ponderadas por ciudadanos informados.

Lo que se viene, por el contrario, es una batalla en el fango de las mentiras y la desinformación en la que la credibilidad y la adhesión ciudadana responderán, sobre todo y mucho más que antes, a identidades y sentimientos.

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