Francisco Faig
Francisco Faig

La teoría del chivito

Para tratar de entender mejor al nuevo uruguayo tengo una amiga que pergeñó la teoría del chivito. En estos años, la clase media ha progresado en su nivel de ingresos y ahora puede acceder a unos pocos esparcimientos o pequeños gustos que antes eran impensables.

Para tratar de entender mejor al nuevo uruguayo tengo una amiga que pergeñó la teoría del chivito. En estos años, la clase media ha progresado en su nivel de ingresos y ahora puede acceder a unos pocos esparcimientos o pequeños gustos que antes eran impensables.

La teoría del chivito explica que la preocupación está en asegurarse que eso se mantenga, y que al nuevo uruguayo el resto de las cosas no le importan mucho.

A diciembre de 2014, el valor medio de ingreso de los hogares para todo el país fue de $ 44.515. Con ese promedio por familia, la teoría refiere al chivito, y no a otro producto, porque señala así que los gustos para darse son pequeños. Será una moto en cuotas, será un plasma o un celular también financiados, serán asados en familia un par de veces al mes, o será un chivito el sábado de noche. No mucho más que eso. Pero sí lo suficiente como para darse cuenta que en el cotidiano de las pequeñas cosas se está mejor que antes.

La teoría del chivito no supone que el uruguayo es tonto o que se pone un balde en la cabeza y no le importa más nada que deleitarse con la panceta y las papas fritas. No es que no sepa que hay inseguridad o que la educación de sus hijos no es buena. Se da cuenta porque lo vive en el barrio, porque ha cambiado sus rutinas, porque no sabe bien qué hacer para encauzar a sus hijos adolescentes cuando ellos le dicen que el liceo es aburrido y no sirve para nada.

El tema pasa por otro lado, y es que como él no sabe ni puede arreglar todo eso, lo cierto es que mientras tenga para disfrutar de un chivito de vez en cuando, está conforme. Cree que las cosas mejorarán en algún momento. Se convence de que llevan tiempo. Y espera que así como, en esta década, alcanzó a acceder a un mejor nivel de consumo, en los próximos años el rumbo del país logrará encaminarse en las cosas que hoy no van bien. Confía en que hay cierta sabiduría colectiva nacional. De última, es optimista. ¿O el Pepe no es Gardel en el mundo? ¿O no somos capaces de grandes hazañas con la celeste? Como las clases medias comen su chivito el fin de semana, nadie presta oídos a críticas furibundas o a discursos apocalípticos. La auto complacencia sale con fritas. Incluso los intelectuales, que se supone debieran de mirar más lejos para interpretar lo que pasa, dan de vez en cuando sí alguna señal de alerta, pero tampoco se complican mucho.

Palmean la espalda del nuevo uruguayo y también disfrutan del chivito que, en sus casos, viene con menú agrandado.

Solo un liderazgo político que esté dispuesto a romper parte de la armonía diletante del nuevo uruguayo puede emprender las reformas que en la teoría del chivito no tienen urgencia. Vázquez ha conducido una transición a todo vapor. Está en un lugar excepcional: hizo que el Frente Amplio ganara con mayoría parlamentaria de nuevo; fue el candidato más votado de la Historia; y tiene una oposición vencida y sin aire. Las fuerzas conservadoras convencidas de su superioridad moral son algunos de sus compañeros frenteamplistas y sindicalistas. Vázquez puede conducir al país hacia un mejor destino, siempre que las enfrente y las venza. Tiene una ventaja: ellas están distraídas también deleitándose con sus chivitos.

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