Francisco Faig
Francisco Faig

Tender puentes

Es una de las mayores preocupaciones conceptuales de Juan Martín Posadas y tiene razón. En un país de claras, fuertes y distintas simpatías partidarias que todo lo tiñen políticamente, pero que está conformado por la coexistencia de todas ellas, ¿cómo lograr la escucha y el diálogo entre los actores de los diferentes campos políticos culturales que permitan la imprescindible inclusión del otro, o al menos prestar atención y tener en cuenta la posición diferente que representa a la alteridad?

Es una de las mayores preocupaciones conceptuales de Juan Martín Posadas y tiene razón. En un país de claras, fuertes y distintas simpatías partidarias que todo lo tiñen políticamente, pero que está conformado por la coexistencia de todas ellas, ¿cómo lograr la escucha y el diálogo entre los actores de los diferentes campos políticos culturales que permitan la imprescindible inclusión del otro, o al menos prestar atención y tener en cuenta la posición diferente que representa a la alteridad?

Hay un camino que transitan algunas publicaciones que es el de la apertura hacia opiniones que no son del mismo palo. En la izquierda, es notorio el esfuerzo del semanario Voces en este sentido. Pero esta página editorial también ha ganado en variedad: aquí escribe un arcoíris formado, entre otros, por liberales, conservadores, reaccionarios y socialdemócratas. Y muchas veces son muy notorias sus diferencias en temas sociales y políticos.

Pero con esto no alcanza. Se precisa un mayor protagonismo de los líderes políticos para participar en debates. Aquella vieja cultura del debate, incluso en los medios de comunicación, ha dejado el lugar a unos pocos programas en los que sí se verifica algún intercambio de ideas, pero siempre entre ciudadanos de a pie. Casi nunca entre principales figuras que sean representantes del pueblo. Parte de la tarea del político es justamente esta: la de exponer sus ideas en el debate y hacer pedagogía ciudadana desde su importante lugar de representación por haber sido votado por la ciudadanía.

Los medios de comunicación tienen aquí un papel central para cumplir. Porque la democracia se construye también con una oferta de programas de este tipo que ocupen horarios centrales. Podrán hacer mucha plata con las novelas turcas o con enlatados similares. Pero eso termina empobreciendo políticamente a la sociedad. Por supuesto, en esto no hay que cargar las tintas solamente a los medios tradicionales. En el mundo audiovisual de redes, con la segmentación del mensaje, importa que institucionalmente Parlamento y partidos tomen protagonismo también allí para difundir debates y opiniones de unos y otros.

Seguramente todo esto tampoco alcance. Pero ayudará a revertir la tendencia al encierro ciudadano que lleva a los pocos ciudadanos más politizados a prestar atención solo a las voces concordantes que ratifican lo que ya se piensa en general sobre la vida del país. Aprender a admitir la discrepancia, y más aun, ser capaz de cambiar de idea por haber sido convencido por argumentos diferentes a los habituales no es signo de debilidad, sino de madurez política e intelectual. Hay que romper con el entendimiento de la política como si ella fuera un escenario en el que se enfrentan enemigos irreconciliables. Zurditos o fachos; oligarcas o pichis: las etiquetas abundan y hacen cada vez más difícil tender puentes entre quienes piensan distinto.

Cuando el país entra en un tiempo económico y social diferente en el que todo ya no será tan fácil como en esta década de bonanza, esta apertura hacia lo distinto que busca caminos de encuentros no dejará totalmente satisfechos a todos. Pero es un imperativo político y moral para seguir construyendo República.

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