Francisco Faig
Francisco Faig

Silbatina general

Mientras que en el partido Francia-Inglaterra en Wembley todo el estadio inglés entonó La Marsellesa, el Centenario silbó el himno chileno. Por supuesto, lo de Wembley fue en solidaridad por la tragedia de París y no impidió un posterior triunfo inglés. Y lo nuestro, ¿por qué fue? En la entrevista a Tabárez luego del partido, el técnico declaró que la silbatina se puede comprender pero no justificar.

Mientras que en el partido Francia-Inglaterra en Wembley todo el estadio inglés entonó La Marsellesa, el Centenario silbó el himno chileno. Por supuesto, lo de Wembley fue en solidaridad por la tragedia de París y no impidió un posterior triunfo inglés. Y lo nuestro, ¿por qué fue? En la entrevista a Tabárez luego del partido, el técnico declaró que la silbatina se puede comprender pero no justificar.

La comprensión implica entender que el uruguayo asume que el inmediato antecedente de un partido con alguna injusticia en la Copa América que terminó beneficiando a Chile, es suficiente para faltar el respeto al símbolo nacional del adversario cuando llega como visitante. Implica entonces entender que ese uruguayo que agotó tempranamente las entradas, y que por tanto integra las clases medias, no es capaz de encauzar sus pasiones más elementales. No logra distinguir el rechazo a una circunstancia deportiva de la expresión de una especie de odio xenófobo que, por cierto, también alimentó centenares de comentarios en redes sociales por estos días.

Hasta hace unos 30 años se iba al estadio con otro espíritu. Los hinchas de un equipo grande aplaudían las buenas jugadas del otro equipo en pleno clásico y en convivencia pacífica y conjunta en todas las tribunas. Con el paso del tiempo todo eso cambió. Hoy abundan los estúpidos comentarios que fijan una naturaleza moral, distinta y superior en todo lo que incumbe a la identidad del equipo grande propio con respecto a la del equipo adversario.

Esa creencia, socialmente extendida por doquier, alimenta un convencimiento primitivo por un lado -porque asume una pertenencia de tribu-, y fascista por el otro -porque instala y naturaliza el odio identitario hacia lo distinto, considerado además un enemigo.

Es una cultura intolerante que se nutre de una amplia comunicación que normaliza el exacerbado sentimiento del hincha. Su identidad futbolera pasa a ser lo más importante que le pasó en la vida, como cantan tantas veces en el estadio. Es un fanatismo en general parcamente aceptado por el mundillo del fútbol, cuando no irresponsablemente utilizado con fines comerciales.

Infelizmente, este uruguayo tan mayoritario no termina siquiera de entender el ejemplo de los jugadores celestes. Ellos, que son realmente exitosos y de primer nivel mundial, aceptan las reglas del fútbol y no hacen del juego una manifestación xenófoba. Muestran que se puede ser un caballero fuera de la cancha, respetar enteramente al adversario y vencerlo en la lid sin ambages: allí quedaron las excusas de Jara y la respuesta de Cavani que superó el incidente.

Hay que comprender el motivo de la silbatina general y hay que señalar que es injustificable. Pero lo que realmente se precisa es que las élites hagan pedagogía, expliquen el deber ser y fijen rumbos para revertir esta pendiente que nos va conduciendo, inexorablemente, hacia la mayor barbarie. Son elites de futbolistas, periodistas, dirigentes, etc. Es decir, todos aquellos que tienen cierto destaque y responsabilidades sociales y cuyos ejemplos importan a la sociedad.

El objetivo es que, algún día, todos sintamos que una silbatina así es una vergüenza. Y no debe ocurrir.

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