Francisco Faig
Francisco Faig

Sendic y Miranda

Uno era hasta hace muy poco la renovación asegurada para 2019. El otro es la figura fresca apoyada por la izquierda moderada para presidir el Frente Amplio. Parecen diferentes, pero son mucho más parecidos de lo que se cree.

Uno era hasta hace muy poco la renovación asegurada para 2019. El otro es la figura fresca apoyada por la izquierda moderada para presidir el Frente Amplio. Parecen diferentes, pero son mucho más parecidos de lo que se cree.

Fue evidente que Sendic hizo campaña en la interna de 2014 enancado en la publicidad institucional de Ancap. Pero a nadie en la izquierda le pareció mal. Incluso hoy quien quiera eludir la constatación de corrupción de Sendic puede tomar la esotérica fórmula de Adolfo Garcé y creer, sin ruborizarse, que el protagonismo del vicepresidente fue impulsado como “por un resorte”.

Sin embargo, Sendic perdió pie con dos episodios conocidos: su pésima gestión en Ancap y su mentira sobre su pretendido título universitario. Lo curioso es que lejos de amedrentarse y hacerse discreto, al menos por un tiempo, decidió calzarse los toscos anteojos sesentistas heredados de su padre y figurarse un rostro de piedra para seguir como si nada. Conservó su “Lic.” en comunicaciones oficiales y laudó así el tema; no tuvo inconveniente alguno en hablar a estudiantes de facultad sobre formación educativa; y volvió a atacar a “la derecha” por exagerar sobre su gestión en Ancap. Entretanto también dijo un par de inconmensurables tonterías sobre Rusia y Latinoamérica y sobre las causas de la baja de los precios de los commodities, internacionalizando así su impune desfachatez.

Miranda es la esperanza del frenteamplista moderado. Tiene muy pocos antecedentes militantes partidarios aunque, como corresponde a un buen hijo de su generación izquierdista, hace muchos años que ocupa distintos cargos bien remunerados de confianza de gobierno. En el tema derechos humanos su actuación internacional más visible se vinculó a la inmigración de las familias sirias que fue, como se recordará, un rotundo fracaso. Pero, se sabe, la incapacidad de gestión no perjudica una carrera política en el Frente Amplio. Es más: con su cara de buen tipo, uruguayo medio y su sonrisa de yerno meritorio y servicial, Miranda es apreciado dentro y fuera de su partido.

Sin embargo, su campaña no lo es tanto. A pesar de haber declarado que quería “menos jugadas de zancadilla solo por ganar el poder”, para promover su candidatura usó la amplia convocatoria que generó la llegada de Wilson en junio de 1984. El argumento es conocido: esa figura trasciende a los partidos y lo que se resalta es el compromiso democrático del episodio. Y es justamente aquí que la franca sonrisa de Miranda se parece mucho al rostro de piedra de Sendic.

Porque resulta que los dos dicen verdades a medias. Algunos frenteamplistas fueron a recibir a Wilson, sí. Pero en agosto de 1984 Seregni pactó la salida con los militares con Wilson preso, y la inmensa mayoría de esos frenteamplistas lo aceptaron sin chistar. Wilson es hoy una figura nacional, sí. Pero las dos veces que pudo ser presidente, el frenteamplismo ayudó a impedirlo ya sea con groseras calumnias para perjudicarlo en 1971 o ya sea con su injusta prisión y proscripción en 1984.

Miranda sabe todo esto tanto como Sendic sabe que no es licenciado. No hay que engañarse: estos dos buenos amigos, que de lejos pintan diferentes entre sí, comparten la misma esencia política.

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