Francisco Faig
Francisco Faig

Cómo y qué renovar

Cuando se plantea que los partidos tienen que ser políticos además de electorales se hace referencia al asunto del qué decir. No solamente qué alianzas, qué candidatos y qué listas. Sino, antes que todo eso, qué propuestas, qué proyectos y qué argumentos.

Cuando se plantea que los partidos tienen que ser políticos además de electorales se hace referencia al asunto del qué decir. No solamente qué alianzas, qué candidatos y qué listas. Sino, antes que todo eso, qué propuestas, qué proyectos y qué argumentos.

Sabido es que nadie lee los programas de gobierno. Pero también lo es que cuando llega el momento electoral la ciudadanía escruta de distintas formas la credibilidad de las propuestas partidarias de futuro. El candidato y el partido importan, claro. Pero todo el mundo también quiere saber qué van a hacer si se les da el poder. Sobre todo si lo que se pretende es desbancar a quien es mayoría desde hace lustros.

La única forma de llenar de contenido las propuestas opositoras es dedicar, desde ya, tiempo y recursos a generarlas. No de apuro en el año de elecciones. No pidiendo de onda que tal o cual técnico dé una mano para armarlas en su tiempo libre. No como un adorno de lo electoral al cual el partido luego no le da bolilla. Lo que ocurre en los partidos serios que dan clara señal de que quieren ganar, es que se forman grupos de estudios - think tanks - que aportan conocimiento especializado en distintas políticas públicas. Con recursos humanos, exigencia de calidad, plata para trabajar y vínculos con partidos y grupos ideológicamente afines del exterior. Y se debate para luego ser traducido políticamente.

Ilustremos tanta teoría. Los partidos tradicionales precisan de estudios que comparen virtudes y defectos de las políticas sociales que lograron bajar de 46% a 14% la pobreza entre 1986 y 1994, y de 40% a 12% entre 2004 y 2013. Precisan alianzas con investigadores profesionales no alineados con la izquierda y capaces de valorar esas políticas, a la vez que plantear alternativas a las definidas por el gobierno del Frente Amplio. Se puede hacer incluso una crítica formal a la medición de pobreza actual que trampea resultados al incluir recursos del Fonasa en sus cálculos.

El problema es que si compran el diagnóstico que hace la mayoría de la academia en ciencias sociales del país nunca lograrán su objetivo, ya que ella es absolutamente funcional al Frente Amplio. Olesker, por ejemplo, mintió descaradamente en campaña acerca de la evolución del gasto público social en los 90, pero nadie de la Facultad de Ciencias Sociales sintió la necesidad de aclarar cuáles eran los datos verdaderos. Y hay decenas de ejemplos similares. ¿Qué interés pueden tener los partidos de oposición en prestar atención al análisis de un politólogo que se las da de objetivo, pero que en la recta final de elecciones alaba al gobierno del Frente Amplio y trata a su principal rival de predicador a la Paulo Coelho? Ninguno.

Es posible generar esta dinámica que mejorará el contenido de las propuestas de la oposición. Hay aliados, recursos y voluntades para lograrlo.

Pero quienes primero deben dar la señal son los dirigentes de los partidos. Es ahí, precisamente, que se mide la seriedad de la renovación. Hay que hacerlo con conciencia de que se trata de una tarea de largo aliento que precisa, entre otras cosas, romper con algunos comportamientos atávicos que llevan lustros conduciendo a derrotas electorales: ningunear lo intelectual, cerrarse a lo electoral, mantener el status quo.

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