Francisco Faig
Francisco Faig

Poné lo que importa

Hace más por la buena imagen del gobierno la publicidad de yerba que dice que hay que poner lo que importa, que las mil y aburridas cadenas oficiales de televisión.

Hace más por la buena imagen del gobierno la publicidad de yerba que dice que hay que poner lo que importa, que las mil y aburridas cadenas oficiales de televisión.

Seguramente disguste su estética. El actor principal alterna una remerita verde con otra amarilla, pero no logra mejorar con ello un perfil que a muchos resultará afeado. Su deambular sobre todo por Montevideo muestra un entorno derruido, de muros grafiteados, de prendas colgadas al azar en ferias; venido a menos, vetusto e inútil, como ese vagón de ferrocarril arruinado desde el cual nos canta su alegría de ver cómo el Uruguay mejora y avanza. Eso sí: hay un innegable trasfondo de ficción, ya que en su largo transcurrir en ninguna parte se nota basura desparramada.

Pero la clave de la publicidad no es tanto su estética cuanto sí su mensaje. Con pegajoso ritmo se van narrando distintas anécdotas que dibujan un país conforme consigo mismo. La idea es que para seguir avanzando se precisa tener garra, actitud positiva, generosa, altruista, como se constata en las diferentes historias allí contadas y que llenan de orgullo al cantante. Hay que poner lo que importa pues, y todo seguirá mejorando por el trillo de “hacerla bien todos los días”.

¿Se puede pedir más complacencia para describir la actualidad del país? Sí, porque hay un estribillo que el joven canta, convencido, que dice: “que hablen los de afuera, sabés que son de palo, mi mate no se lava, porque tiene lo que importa, pensalo”. Obviamente, esos de afuera no son guatemaltecos o ugandeses. Refiere en realidad a los uruguayos críticos, que no se convencen de las bondades narradas, que no quieren integrarse a “mi país” de éxitos. Ante esa gente, el gesto del cantante es de desdén: no cuenta; no hay que escucharla; no hay que dejarse lavar el mate por sus habladurías.

Hay un mito que la izquierda ha extendido con esmero. Refiere a que los grandes capitalistas o empresarios no votan al Frente Amplio, sino que han formado parte de una clasista oposición a esta década progresista. Además, adhieren a blancos o colorados. Empero, si hubiera una academia de ciencias sociales valiente, independiente y con voluntad de investigar de verdad lo que ocurre en el país, hace ya rato que dispondríamos de varios estudios serios y argumentados en los que quedaría claro cómo en estos años la mayoría de los grandes empresarios han hecho el juego y servido los intereses de la izquierda en el poder.

En efecto, mientras duró la bonanza las fuertes críticas empresariales se hicieron muy discretas, cuando no se rindió pleitesía a la izquierda en el poder buscando así prebendas y favores. Por poner un ejemplo: durante más de una década los canales de televisión privados no fijaron nunca programas periodísticos con temas políticos y sociales en el horario central de la noche. Eso, evidentemente, perjudicó la cultura del debate (“que hablen los de afuera”); favoreció la instauración progresiva de un universo progresista acrítico, tan extendido hoy en día (“sabés que son de palo”); y ayudó a encerrarnos en la autocomplacencia necia (“mi mate no se lava”).

Una buena: ahora sabemos con qué materia prima se forja el muro de yerba que protege a los creyentes en el comité de base.

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