Francisco Faig
Francisco Faig

Oblígalos a entrar

En la época de Agustín (354-430), las disputas no eran menores en el cristianismo con respecto a la divinidad de Cristo a la luz de la singularidad de Dios.

En la época de Agustín (354-430), las disputas no eran menores en el cristianismo con respecto a la divinidad de Cristo a la luz de la singularidad de Dios.

Entre varias posiciones discrepantes, los gnósticos, por ejemplo, negaban a Cristo su condición de hombre; los docetistas creían que el cuerpo de Cristo era en realidad un fantasma; los sabelianos creían que Padre, Hijo y Espíritu Santo eran uno y el mismo ser; y Arrio destacaba, por el contrario, la condición humana de Cristo: “él no es parte de Dios ni derivado de ninguna sustancia”.

Pero fue Agustín quien, el primero, atrajo la atención sobre el pasaje del Evangelio de Lucas (14:23) en donde el señor dice a su siervo: “sal a los caminos y cercas, y oblígalos a entrar hasta que se llene mi casa”. Agustín creía que era un deber del cristiano identificar a la herejía incipiente y denunciarla, de forma de obligar también a sus responsables a abandonar por completo su actitud. El hereje no debía ser expulsado, sino obligado a retractarse y someterse a la ortodoxia.

Fue el Concilio de Calcedonia de 451 el que intentó cerrar esa controversia teológica. Definió que Cristo era “una sustancia con nosotros por referencia a su condición humana; semejante a nosotros en todos los aspectos salvo el pecado; con respecto a su divinidad, engendrado por el Padre antes de los tiempos, pero siempre con respecto a su condición humana engendrado, para nosotros los hombres y para nuestra salvación, de María la Virgen, la portadora de Dios; uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, solo engendrado, reconocido en dos naturalezas sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”.

Sin embargo, obligar a entrar a partir de esta imposición dogmática no terminó siendo la mejor solución. Los monofisitas no aceptaron la complicada fórmula de Calcedonia que además carecía de apoyo popular al sur y al este de Antioquía. De esta forma y pocos siglos más tarde, estos “errores de la dirección cristiana” según Paul Johnson en su “Historia del Cristianismo”, facilitaron la extensión en Asia y en África de la fe musulmana traída por los árabes. Ella, más sencilla, daba certezas sobre la unicidad de lo divino.

En “Ineffabilis Deus” (1854) Pío IX decidió convertir en dogma la controvertida idea de que “la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”. La Bula papal obligó a entrar. Pero disgustó a muchos católicos más liberales que no consideraban que esa creencia fuera cuestión de dogma de fe, a distintas corrientes cristianas protestantes y a relevantes referentes que pensaban que la Iglesia equivocaba así su camino en el mundo moderno.

El dogmatismo que pretende obligar a entrar tiene hondas raíces que zanjan definiciones teológicas de la Iglesia. En nuestra penillanura laica y periférica su expresión es, naturalmente, pedestre, agnóstica, rústica y ridícula: se trata de apuradas, toscas y censuradoras imposiciones de funcionarios públicos sin ningún sentido de la ironía, que tanto aman a los perros y a los mejicanos como creen luchar por la justicia.

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