Francisco Faig
Francisco Faig

Marcha amplia

Hacía muchos años que no había una manifestación tan multitudinaria como la del pasado día internacional de la mujer en Montevideo. Tras el reclamo por la igualdad social, económica y política y la denuncia contra la violencia de género, hubo protestas de distinto tipo.

Hacía muchos años que no había una manifestación tan multitudinaria como la del pasado día internacional de la mujer en Montevideo. Tras el reclamo por la igualdad social, económica y política y la denuncia contra la violencia de género, hubo protestas de distinto tipo.

Seguramente muchos de los que acudieron no lo hicieron para construir un movimiento de denuncia al capitalismo y al patriarcado, o porque creyeran que el capitalismo “mata y empobrece”, como se leyó en una proclama. Mucho menos ideologizado que ese extremo, el uruguayo de clase media, urbano, relativamente mejor educado que el promedio y sinceramente preocupado por la actual situación de la mujer en la sociedad, que es el que seguramente represente a la mayoría de los manifestantes, sintió que debía marchar pa-ra significar así su solidaridad con la causa.

Hasta allí es fácil ir. Marchar por un mundo mejor es saludable. Todos unidos venceremos. El problema es que el reclamo contra el mal y en favor del bien, por muy multitudinario que sea, deviene simplemente en efímero acto mediático si no logra además una traducción política. Es decir que se transforma en anécdota, vívida y sensible pero fugaz al fin, si además no define políticas públicas, toma decisiones, hace, deshace, premia, sanciona y fija rumbos que ayuden a cambiar la realidad denunciada.

Y es allí que ya no se sigue avanzando. Porque esas definiciones implican superar el primer reflejo de indignación y consecuente marcha, para pasar a evaluar, juzgar y criticar lo bueno y lo malo que se ha hecho con esa causa en estos años. Allí, quienes levanten la vista y comparen con otros países, como España por ejemplo, valorarán críticamente la desidia, lentitud e incapacidad que nos han impedido mejorar radicalmente y sobre todo nuestros guarismos de violencia doméstica. Ni hay refugios suficientes ni hay ya tobilleras en todo el país, por ejemplo, porque, simplemente, no han sido prioridades de gasto del gobierno.

Aquí es cuando la unanimidad de la sensibilidad se rompe y debiera de empezar el debate de argumentos políticos. Y aquí es cuando, en general, esas amplias mayorías de uruguayos que marcharon dejan, discretamente, de ahondar en la causa. Es que hacerlo implicaría que el sano impulso ciudadano se transformara en crítica vehemente a las inoperancias de un gobierno que es tan frenteamplista como lo sigue siendo la mayoría del país. Entonces, marchamos; exorcizamos el mal y alabamos el bien. Pero hasta ahí vamos.

Si algo cruza el Rubicón, como esta columna, será denostado por empobrecer, reducir y limitar la causa de todos. Se dirá incluso, eminente descrédito, que su oscuro designio es hacer política en favor de la oposición. Así, es mucho mejor la unanimidad en la sensibilidad que la exigencia de mejores políticas públicas, sobre todo si esa exigencia daña la tácita adhesión partidista de la mayoría de quienes marcharon.

Para mejorar la situación de la mujer se debe exigir al gobierno que haga, se ocupe, ejerza, gestione, evalúe, corrija y vuelva a hacer mejor. Se precisa pues romper con la autocomplacencia y animarse a criticar a este ejecutivo viejo, burocrático, rutinario y clientelista. Algo que, se sabe, estas marchas amplias nunca harán.

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