Francisco Faig
Francisco Faig

Madrid y Barcelona

El éxito de la construcción europea posterior a la segunda guerra mundial radica en haber logrado equilibrios internos que incluyeran a Alemania en un devenir común y democrático.

Desde al menos el lejano triunfo de Bismark de 1871, todo el mundo sabe que Europa siempre ha estado amenazada por la exuberante potencia alemana. Empero, hoy que la convergencia es mucho más política que la fijada en el tratado de Roma de 1957, y que además sus límites territoriales alcanzan a las fronteras mismas de Rusia, la salida del Reino Unido de la Unión Europea ha cambiado drásticamente los equilibrios gestados desde la adhesión de Londres en 1973.

Sin Guerra Fría, con una Alemania unida y de economía desproporcionadamente vigorosa, y con el Reino Unido saliendo del juego europeo, urge a Francia reconfigurar un escenario político, económico, militar y de influencias regionales que vuelva a asegurar las condiciones de equilibrios de potencias necesarios para el éxito de todo el proyecto europeo. Porque con un siglo XXI de Estados Unidos y China preponderantes, París sabe que la afirmación de un liderazgo alternativo en Occidente pasa forzosamente por una Europa fuerte y por tanto, sin sobrepeso alemán.

En este contexto geopolítico, Italia y España, tercera y cuarta economías del espacio del euro, son aliados fundamentales de una Francia que será en 2019 la única potencia nuclear de la Unión Europea. En particular, España es estratégica por su formidable zona de influencia en el extremo occidente latinoamericano. Madrid ayuda de esta forma a equilibrar la enorme influencia hacia el este europeo que ya tiene Berlín y que naturalmente está llamada a extenderse en los próximos lustros.

El problema español con Cataluña trasciende pues el particularismo nacionalista y sus vericuetos coyunturales de legitimación histórica o política. Debilita a Madrid en un momento clave de la historia europea, cuando su protagonismo continental podría llegar a ser el más importante desde, al menos, la fracasada entrevista de Hendaya de 1940.

Pero debilita también a Barcelona, porque deja en claro la avaricia y torpeza de sus élites nacionalistas catalanas, angustiadas por el monto de la contribución de sus vintenes autonómicos, persuadidas del vigor de su relato identitario imaginado (como todos, por cierto, según Benedict Anderson), y presas de una mezquina pulsión patriotera que las convence que su melic català es el centro del universo. Infelizmente, son incapaces de entender la inteligencia de la hora histórica; y Barcelona, enredada en un reaccionario debate ideológico-identitario, pierde interés y legitimidad como ciudad globalizada.

Este callejón ciego deja al menos dos enseñanzas. La primera, los terribles daños que puede causar la bien vigente tentación nacionalista identitaria excluyente, aliada circunstancialmente a cierto fanatismo ideológico-provinciano. La segunda, los desvaríos que un país puede sufrir cuando sus élites pierden sentido de historia, se embriagan en reivindicaciones románticas y son seducidas por un extendido populismo hijo de la corrupción política y de un relativo ajuste económico.

Es una pena por el universalismo de Barcelona, el protagonismo de España y el futuro de Europa.

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