Francisco Faig
Francisco Faig

Lacalle Pou y la urgencia

El problema de la inseguridad se agrava con el tiempo. Precisa respuestas profundas y urgentes. Ninguna de ellas será el resultado del diálogo interpartidario convocado por el presidente.

El problema de la inseguridad se agrava con el tiempo. Precisa respuestas profundas y urgentes. Ninguna de ellas será el resultado del diálogo interpartidario convocado por el presidente.

Vázquez fue electo sin esconder nada: dijo que si bien la situación debía mejorar, tampoco era que estábamos en el peor de los mundos. Así, el Frente Amplio quitó sentido de urgencia a la inseguridad, como se lo quitó a otros dos temas: la economía, que en verdad no iba tan bien; y la educación, en realidad arrasada. Pero lo cierto es que el pueblo votó esa opción. Adhirió a su diagnóstico y a su talante.

En 2014 aún no se sabía que en barrios populares de la capital se mataba gente y se la descuartizaba para que sus restos fueran alimentos de cerdos. Pero también es cierto que la clase media no quiso ver que por semana siempre eran asesinados violentamente un par de menores de 30 años; que ya existían zonas en las que el Estado había perdido el monopolio de la violencia legítima; que ya estaba la delincuencia bien organizada territorialmente; o que ya cundían las familias de clases populares al servicio del tráfico con niños transportando drogas.

Cuando hace unos meses la presión de la opinión pública se hizo muy fuerte, Vázquez apeló al primer gran mito político nacional: convocar a un diálogo porque entre todos se logran las soluciones. Es la mejor forma de enredar responsabilidades, sobre todo cuando la oposición adhiere tan inocente como rauda al llamado. Y más si de esta forma se refuerza el segundo gran mito nacional que cree, mágicamente, que alcanza con redactar leyes para cambiar la realidad.

Lo cierto es que las iniciativas legales que se acuerden no resolverán el problema de fondo. Gobernar es priorizar. Por ejemplo: si no se cambian radicalmente las condiciones de reclusión, aumentar las penas de prisión es simple demagogia de resultado muy malo. Pero para cambiarlas, se precisa dinero, ejecución y administración. No es un tema legislativo.

Aquí es cuando importa el sentido de urgencia que, notoriamente, el gobierno no tiene. Porque después de tres meses de diálogo Vázquez ha dicho que nada se apresurará en el Parlamento. Y porque en el ejemplo planteado, na-da hace pensar que las reformas radicales y apremiantes, señaladas por ejemplo por Petit hace ya meses, vayan a implementarse.

En este contexto, Lacalle Pou dijo una verdad elemental: se precisa acción rápida porque los problemas son urgentes. Por supuesto, irrita al oficialismo que nunca compartió su sentido de urgencia. Pero también molesta a esta oposición mecánica, casi burocrática, que parece complacida al resguardo de los dos mitos nacionales que la legitiman en su rutinaria visita al café dialogante con el presidente. Una oposición que perdió completamente el reflejo de la urgencia de la acción; que teme despegarse y liderar algo distinto; y que se rinde en este comedido consenso que no resolverá nada de fondo.

El error no es diferenciarse y oponerse claramente al gobierno. El error es comer de la mano derecha de Vázquez y además estar convencido de que así se construye una alternativa. Ese penoso papel puede sentarle bien a un Novick. Pero jamás puede ser el rol del principal partido opositor.

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