Francisco Faig
Francisco Faig

Los intelectuales subordinados

Una de las dificultades que tenemos para entender y enfrentar nuestros problemas como país es la falta de independencia de los intelectuales en relación con el Frente Amplio.

Una de las dificultades que tenemos para entender y enfrentar nuestros problemas como país es la falta de independencia de los intelectuales en relación con el Frente Amplio.

Por supuesto, tras esa generalización se esconden claras excepciones: por ejemplo, Pablo Mieres o Adolfo Garcé, son importantes intelectuales del país, y no están subordinados al Frente Amplio. Pero no es menos cierto que hay una mayoría de intelectuales que son afines a la izquierda. Entiéndase por ellos a politólogos, sociólogos, economistas, historiadores, literatos, dramaturgos y líderes de opinión que ejercen sus tareas en el vasto mundo de la cultura y el espacio público. Y no es que sean afines a tal o cual partido dentro del Frente Amplio —aunque también los hay de esos, como Franklin Rodríguez con el Nuevo Espacio—, sino que lo son a su talante moral- normativo.

Son intelectuales subordinados. Pueden esbozar hoy alguna crítica y hasta indignarse sobre alguna tarea mal emprendida por el gobierno. Pero cuando llegue el tiempo en el que las papas quemen y haya que optar, se alinearán con el Frente Amplio o, más sutiles, dejarán de indignarse y pasarán a ensalzar lo positivo de estos gobiernos.

No hay nadie que los mande. Gerardo Caetano, por ejemplo, que gusta dárselas de independiente, creyó que la “cumbia del Cuqui” de 2009 no sonaba muy verdadera, y lo dijo; y cuando se estaba formando la concertación por Montevideo, expresó francamente su oposición al proyecto atendiendo a las identidades partidarias tradicionales. También el sociólogo Botinelli opinó con lealtad cuando quitó chances a la concertación justamente en la capital; o Agarrate Catalina es sincera cuando culpa “al sistema” de la violencia social.

Pero dentro de esa constatable libertad de opinión hay límites infranqueables. Nunca se escuchará a Caetano alertar sobre una grave evolución populista de este gobierno, ni por cierto, decir con claridad que Gandini es el favorito de la próxima elección montevideana. Él dirá, claro, que no cree que sea así. Es como cuando se la jugó en una carta colectiva y afirmó en 2010 que Cuba tenía “hábitos estalinistas”:

Seguramente no los había percibido antes.

Botinelli no dirá que para que haya un verdadero cambio de elenco gobernante la única opción es la concertación en Montevideo, porque Daniel Martínez o Peteco candidatos del Frente Amplio no son más que el mismo perro con distinto collar. Y Agarrate Catalina no puede ni pensar que parte de la responsabilidad de la violencia social es de la izquierda en el poder (ser la murga del Pepe limita los horizontes críticos).¿Temor a las represalias de la hegemonía cultural izquierdista? ¿Conveniencia política? ¿Sentido de identidad partidario? ¿Simple comodidad provinciana? Seguramente haya un poco de todo.

Pero lo cierto es que las consecuencias concretas son que las voces críticas de los intelectuales se transforman en susurros subordinados del poder político. Critican a la enseñanza pública o a la inseguridad, por ejemplo, pero nunca responsabilizan al gobierno, concretamente, por ellas. Será “el sistema”, “las dificultades de gestión” o “las condiciones internacionales” (no hay que descartar al “neoliberalismo de los noventa”). Pero nunca el gobierno del Frente Amplio.Los intelectuales subordinados traicionan así su papel de interpretar con espíritu crítico el devenir de la sociedad.

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