Francisco Faig
Francisco Faig

Iemanjá y la laicidad

El próximo martes es el día de Iemanjá, fiesta de la religión afroumbandista en la que cientos de fieles presentan sus ofrendas a la diosa del mar, en particular en las playas de Montevideo.

El próximo martes es el día de Iemanjá, fiesta de la religión afroumbandista en la que cientos de fieles presentan sus ofrendas a la diosa del mar, en particular en las playas de Montevideo.

Para los defensores de la libre y amplia expresión de las religiones en el espacio público esta particular celebración no debiera de ser problema.

Todos los montevideanos, creyentes o no en Iemanjá, financiarán indirectamente ese culto, ya que con sus impuestos pagarán una jornada especial de limpieza municipal en las playas. Sabido es que ellas quedan en un estado deplorable, llenas de flores, comidas, perfumes, pequeños barcos, etc. Se dirá, con razón, que ese costo no es nada si se lo compara con el auspicio que los ministerios de educación y cultura, relaciones exteriores y turismo hacen cada año y desde hace décadas, de la fiesta “Uruguay le canta a la Virgen de los Treinta y Tres” en la Catedral de Florida.

No se trata de reivindicar una quisquillosa nostalgia del Uruguay laico de principios del siglo XX. Sin embargo, lo interesante de aquella construcción laica que muchos se empeñan en resquebrajar con pequeños y constantes golpes que evocan o reclaman mayor libertad de expresión de la religiosidad en el espacio público, es la inteligencia de su solución abstencionista.

¿Cómo actuar frente a la siempre vigente voluntad proselitista del dogmatismo religioso que por su naturaleza misma al final del camino limita, siempre, la entera libertad de opinión porque impone ciertas creencias? Hay que hacerlo desde el valor liberal del respeto por la pluralidad de concepciones, que es el que mejor asume la autonomía moral del individuo. Así, la mejor forma de asegurar la libertad de creer del que cree, pero también la libertad de no creer del que no cree, es la de confinar lo religioso en el espacio libre y privado de los templos.

Cuando gana terreno la concepción que reivindica el libre ejercicio de la religión por doquier, más tarde o más temprano los problemas en la sociedad sobre el límite de lo religioso y lo político empiezan a acumularse. Porque si el espacio público debe contemplar a todas las religiones por igual, ¿con qué motivo habrá de prohibirse en el Parlamento la conformación de una bancada pentecostal que ponga su interpretación de la ley divina por encima de las leyes? ¿O cómo obligar a un estudiante musulmán a almorzar carne de cerdo en la cantina escolar, o a una adolescente a quitarse su velo religioso en el liceo?

Cuando el espacio público deja de ser neutro y abstencionista las diferentes religiones empiezan a competir allí. Es así que el arzobispo de Montevideo Sturla, por ejemplo, criticó a las iglesias que según él “abusan de sus fieles” con sus promesas de parar de sufrir o hacerse de jabones de la descarga.

La solución más justa para enfrentar este tipo de prácticas es la de limitar el protagonismo de todo lo religioso en el espacio público. Porque aceptada la libertad de creer, no debe privilegiarse a una religión particular sobre otras.

Y la forma de respetar a todas las religiones es confinarlas en lo privado, que es también la forma de respetar a quien en nada cree. Podrá parecer una solución imperfecta. Pero no parece haber mejores.

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