Francisco Faig
Francisco Faig

¿Hay crisis de valores?

Para explicar muchos cambios que vivimos distintos actores políticos y sociales refieren a que sufrimos una crisis de valores. ¿Es realmente así?

Para explicar muchos cambios que vivimos distintos actores políticos y sociales refieren a que sufrimos una crisis de valores. ¿Es realmente así?

Es una expresión que tiene dos innegables ventajas: es lo suficientemente amplia como para que cada uno coloque lo que mejor le parezca dentro del concepto “valores”; y es lo suficientemente difusa como para hacer muy difícil su verificación en la historia concreta de nuestra trama social. Así, esta tan mentada crisis refiere sobre todo a tres circunstancias particulares.

Por un lado, están las situaciones que podríamos llamar de falta de urbanidad: esa extensa práctica, muy montevideana sobre todo, de ser maleducado y qué. No saludar; omitir el por favor y el gracias; andar con la música a mil en el ómnibus, y una larga lista de etcéteras que todas muestran cierto embrutecimiento colectivo irremediable.

Por otro lado, está el aumento de la violencia cotidiana que la emprende contra la propiedad (hurtos y rapiñas) y que degrada la convivencia colectiva. No se respeta más nada: hay cientos de rapiñas a ancianas y a menores, y cualquiera puede sufrir daño físico por causa del robo de objetos nimios. La crisis de valores explicaría finalmente un frenesí consumista que termina haciendo más infeliz a la gente, porque la distrae de lo verdaderamente importante en la vida.

El problema es que esta explicación tiene dos dificultades. Primero, nos hace creer que no somos individualmente responsables de lo que pasa en sociedad. La mentada crisis de valores se constata como algo que existe por fuera de quien la diagnostica. Ella protege a quien la enuncia, a la vez que le habilita una denuncia con tono sabiondo que le permite quedarse satisfecho: los chorros, los ordinarios, los antisociales, los consumistas o lo que sea, siempre son los otros y nunca es uno mismo.

El segundo, tan o más serio, es que colabora en extender ese discurso viejo y conservador que tanto nos place y que señala que hubo un pasado mejor, situado en un tiempo cronológicamente impreciso pero intuitivamente conocido. Un tiempo en el que, claro está, no se sufría esta crisis de valores.

Sin embargo, lo cierto es que ya no hay muchas generaciones de uruguayos que puedan reclamar haber vivido un pasado tanto mejor que este presente.

¿Fueron mejores los años ochenta, en los que no había un acceso amplio a tantos bienes de consumo que hoy nos facilitan la vida, y en los que se fueron instalan-do los problemas de seguridad y se agravaron los de la educación?

¿Era mejor el tiempo de la dictadura, con su arbitrariedad sustancial y su falta de libertades públicas? ¿Lo fueron los años sesenta, con su violencia política y social y su crisis económica casi permanente?

Y en el ámbito privado de las familias, ¿era acaso mejor la vida de las mujeres hace más de medio siglo, soportando el peso de un patriarcado completamente normalizado, con su extendida violencia silenciada que hoy, por suerte, denunciamos con vigor? ¿Era más libre y digna la vida de los homosexuales?

La verdad es que hay cambios sociales muy positivos y otros muy negativos.

Pero el discurso de la crisis de los valores no explica nada de fondo. Y sobre todo, apesta a naftalina.

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