Francisco Faig
Francisco Faig

Grandes mentiras de campaña

Siempre las campañas son tiempos de controversia y polémica. Pero los de esta vez son particulares: conviven con distintos tipos de mentiras.

Siempre las campañas son tiempos de controversia y polémica. Pero los de esta vez son particulares: conviven con distintos tipos de mentiras.

Están las mentiras sobre historia reciente. Una de las más relevantes señala que los años noventa fueron de aumento de la pobreza y más desigualdad. En 1990 la población por debajo de la línea de pobreza fue de 29,7%; en 1999, bajó a 15,3%. El índice de Gini de 1990 fue de 0,409; el de 1999 fue de 0,436: hubo pues, menos desigualdad que en 2009 (0,441).

Varios de quienes replican estas mentiras ocupan relevantes lugares políticos y académicos. Entre los primeros hay dirigentes frenteamplistas: Xavier, Michelini, Alvaro García, Daniel Martínez y Pablo Ferreri, entre muchos otros (los muchachos del grupo IR son, en este asunto, mitómanos). Entre los segundos, vale la pena mencionar como ejemplo reciente el artículo de Fernando Filgueira en la última revista de Ciencia Política. En general, y sacando excepciones, la norma de la cultura hegemónica de la academia social es colaborar en la construcción de este relato que desdeña la realidad.

Están también las mentiras sobre la Historia anterior al golpe de Estado. El relato aquí termina conformando actores buenos y moralmente superiores —los que formarán el Frente Amplio en 1971 —, y actores deleznables y moralmente inferiores —quitando algunas pocas excepciones, todos los principales dirigentes de los partidos tradicionales—.

El objetivo de la mentira es político. Se trata de deslegitimar el universo simbólico de quienes adhieren a los partidos tradicionales por fachos y/o golpistas y/o corruptos. Se trata de que esa adhesión sea socialmente vergonzante.

Nahúm se ha ocupado con esmero de esta tarea. Una reciente ilustración de ello es “1960 – 2010 Medio siglo de historia uruguaya”. Otra, diferente, es la edición de “La trama autoritaria. Derechas y violencia en Uruguay (1958-1966)”. Integra una colección coordinada por Caetano, y procura diseminar la falsa idea de que la violencia tupamara fue una respuesta al autoritarismo de los años de gobiernos blancos.

Finalmente están las mentiras de campaña. Se repiten con convicción goebbeliana desde referentes de la cultura, de los sindicatos, de ONGs sociales (todos compañeros de ruta frenteamplistas) y de dirigentes políticos de izquierda. Aquí algunos ejemplos: que el Partido Nacional no llamará a consejos de salarios; que se opone a las 8 horas de trabajo en la pecuaria; que quitará la seguridad social al servicio doméstico; y que no respetará la cuota de género en sus listas.

No importa los desmentidos de los dirigentes de ese partido. Importa instalar falsedades en la campaña; que ellas se adecuen al relato ya forjado por la hegemonía cultural izquierdista; y que ratifiquen el oprobio moral de los representantes políticos no —frenteamplistas. Se trata de revalidar el mundo schmittiano con su lógica amigo— enemigo.
Así, el debate de ideas entre actores plurales se hace imposible porque el adversario político de este Frente Amplio proviene, siempre, de un limbo moral. La extendida mentira goebbeliana a la uruguaya le reconstruye su pasado (antipopular) y su presente (tilingo). El relato izquierdista le quita legitimidad a su hacer y a su decir. Es más: sus argumentos no importan.

Solo importa el relato. Orwelliano. Autocomplaciente. Impertérrito. No se detiene.

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