Francisco Faig
Francisco Faig

El finés y la zanahoria

Cambia, todo cambia. Hasta 2004, el Frente Amplio se opuso a la inversión celulósica y hasta votó contra el tratado de inversiones con Finlandia. En el gobierno, su desvelo es radicar la tercera planta.

Algunos culparán a la izquierda de cinismo feroz: a sabiendas, hicieron todo el daño posible al país mientras fueron oposición; luego, cuando alcanzaron el poder, cambiaron radicalmente. Otros, más indulgentes, alegarán que el ejercicio del poder despertó sobre todo en la vieja guardia frenteamplista un sentido de responsabilidad que los lleva hoy a abrazar las inversiones extranjeras que el emprendimiento finés trae consigo. Sea cual fuere el motivo, lo cierto es que en la negociación gobierno-UPM se abre ahora la etapa zanahoria para el burro: la esperanza de terminar de seducir al finés oficia de zanahoria; y el gobierno, comprometido a realizar millonarias inversiones, es el burro que avanza.

El juego de UPM es evidente: conoce el enorme déficit del país en infraestructura porque lo sufre en la zona del litoral. Ya tomó nota también de nuestros excesos sindicales que complican todo emprendimiento productivo: aquellos paros del ferrocarril cuando nos visitaron los técnicos fineses para ver cómo funcionaba todo, fueron realmente memorables. Como se le ha hecho saber que una nueva planta es muy bienvenida, exige blindar una futura inversión asegurándose externalidades positivas. Otorga así un par de años al gobierno para que demuestre que es capaz de concretar lo que no ha logrado en doce. Hacia 2020 chequeará cómo anduvo todo y en función de su evaluación decidirá si finalmente invierte o no.

Si estos rubios fueran gringos, la pastera trocara en United Fruit y nuestros gobernantes usaran tupidos bigotes y caras guayaberas, Galeano-Viglietti-Benedetti-Larbanois-Carrero habrían protestado contra este cruel zarpazo imperialista y contra sus cómplices vendepatrias. Empero, son rubios fineses. Y el gobierno no ha de considerarse vendepatria, sino obrero de la construcción de la patria del futuro. Si todo eso no bastare, están los progresistas y jugosos cachés que censuran la palabra banana.

El gobierno se esfuerza por su lado en no dejar escapar la zanahoria. Diligente, modifica decretos y urge la promoción de inversiones privadas en infraestructura, preocupado además porque siga durmiendo su (mal) genio izquierdista. Es un genio hecho de sus bases militantes y de su joven dirigencia de estreñida mueca constanzamoreirista, ambas desconfiadas del capitalismo y su lucro; y de su agobiante compañero de ruta sindical, ese que tanto cree en la santidad de Lula como en la lucha de clases. Si despierta, le tranca todo. Como el movimiento se mostrará andando, la apuesta es que el uruguayo medio confíe en el relato oficial y que cuando vea el avance del burro, acepte de buena gana la necesidad de la zanahoria.

El final de la historia sería con el genio izquierdista afónico y con sus recurrentes sandeces ideológicas sin credibilidad; la economía creciendo y potenciando nuevos sectores productivos gracias a las mejores infraestructuras; y con el Frente Amplio en cuclillas frente al finés, feliz por la zanahoria.

Pero sobre todo, esperanzando por las elecciones de 2019.

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