Francisco Faig
Francisco Faig

Ética y política

Cómo se articula el ejercicio del poder con la ética de la acción política? El asunto es complicado porque hay tantas concepciones éticas como gente andando por la calle.

Subordinar la actividad política a la ética es una fórmula muy linda y políticamente correcta, pero en concreto no quiere decir nada. Porque algunos podrán argumentar con realismo, como enseña Raymond Aron, que el ejercicio de la política debe ser autónomo de la moral. O porque otros podrán señalar, con Max Weber, que la ética de la convicción es diferente a la de la responsabilidad.

El discurso moralista del respeto a la ética corre además el riesgo de terminar en caza de brujas. Siempre habrá alguien que pretenda ir más a fondo en escudriñar la ética del político.

Es sabido que en tiempos de histeria en redes sociales, esa curiosidad ética pasa ilegítima e irreflexivamente del ámbito público al privado. Se termina así condenando públicamente a tal o cual porque una horda facciosa de twitteros entiende que no es ético comer carne vacuna, cazar jabalíes, ser homosexual, leer a Heidegger, disfrutar de orgías con jóvenes doncellas, o todo eso a la vez.

Muchas veces la exigencia de mayor ética sirve en realidad a los intereses agonísticos propios de la vida política. Porque, ¿qué autoridad tiene tal o cual para hacer prevalecer su visión ética por sobre las de los demás, y erigirse por tanto en rector moral de las conductas de todos? Ninguna, claro está. Por eso es tan escabroso entrar en el terreno de lo ético cuando se pretende juzgar el accionar político. Por eso, frente a las duras polémicas que todos estos asuntos conllevan, mucha gente termina decepcionada: estima que estos desacuerdos son signo en verdad de una crisis de valores y que vivimos en el "mismo lodo todos manoseados".

La política debe estar por tanto ajena a esta moralina tan extendida. Sin embargo, hay episodios públicos en los que podrá o no haber responsabilidades penales —algo que solo la Justicia debe resolver—, pero que legítimamente refieren a la ética en política.

Por ejemplo: quizá la Justicia termine entendiendo que no hay mérito penal para ir preso por servirse de dineros de Ancap en beneficio personal, pero sí se puede pensar que Sendic actuó mal éticamente; quizá no haya responsabilidad penal por beneficiar a estaciones propias con compras de la intendencia que se dirige, pero mucha gente estimará que Bascou faltó a la ética por ello; quizá por razones jurídicas no marche preso Ezquerra por embestir y dañar a una persona conduciendo muy ebrio su vehículo, pero habla bien de su ética pedir disculpas y no ampararse en sus fueros parlamentarios.

El Frente Amplio ha defraudado éticamente a buena parte de las clases medias urbanas que forman su gran sustento electoral. Para que ellas sientan que pueden ser representadas por los partidos de oposición se precisan señales de certezas éticas que impliquen, claramente, que ellos no son el mismo perro frenteamplista con distinto colorido de collar.

Sin ceder en nada a la histeria moralista que es tan enemiga de la libertad, los partidos políticos deben fijar sus propios criterios éticos y sancionar sus incumplimientos, independientemente de las decisiones de la Justicia. Es algo elemental.

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