Francisco Faig
Francisco Faig

Qué distintos somos

El fútbol siempre tuvo un lugar preponderante en nuestra cultura. Pero como en esta última década está ocupando un lugar cada vez más trascendente, conviene prestar atención a algunas de sus manifestaciones que configuran y dan sentido a la representación del Otro, en sociedad.

El fútbol siempre tuvo un lugar preponderante en nuestra cultura. Pero como en esta última década está ocupando un lugar cada vez más trascendente, conviene prestar atención a algunas de sus manifestaciones que configuran y dan sentido a la representación del Otro, en sociedad.

Una reflexión más profunda sobre este asunto me llegó con “Progresismo, el octavo pasajero” de los argentinos Raffo y Noriega. “En los últimos 30 años (…) ser de River pasó a ser un amor desmesurado por los colores de la camiseta, unido a un odio sin límites a Boca y viceversa”. Los enfrentamientos disparatados y las rivalidades furiosas se transformaron así en “una siniestra forma de vida”.

Los autores agregan que para el caso argentino, “buena parte del periodismo deportivo fue cómplice de la creciente barbarie”, porque se hizo un culto creciente del hincha y su folklore, ocupando este tipo de programas cada vez mayor tiempo de transmisión. “En los últimos diez años ese fenómeno de la fanatización fascista por parte de sectores de clase media se acentuó a niveles mayúsculos, sin que ese cambio haya sido registrado por la sociedad que ha hecho un culto de los juegos de adhesión y rivalidad extremos”.

Hay una frase que se escucha con naturalidad entre los hinchas en nuestro fútbol que es: “qué distintos somos”. La expresión sería sinónimo de una constatación trivial si refiriera a cuestiones de colores de insignias, a formas de juego más o menos atildadas o incluso a manifestaciones diferenciadas de las pasiones por los equipos preferidos.

Sin embargo, el “qué distintos somos” tiene un uso distinto que lo acerca en realidad a esa fanatización fascista que describen Raffo y Noriega. En efecto, la diferenciación a la que se apela es moral, constitutiva, radical. El “qué distintos somos” implica que hay una esencia diferente entre personas hinchas de Nacional con respecto a las de Peñarol o viceversa, y que ella es consecuencia, precisamente, de esa adhesión.

La distinción no se limita pues a una cuestión secundaria de la personalidad de cada uno, como por definición es la pasión futbolera, sino que pasa a ser un determinante moral sustantivo que oficia de parteaguas: todos los de tal cuadro por un lado, por el mero hecho de adherir a ese cuadro, son “distintos” en un sentido moral y superior que los del cuadro rival que, por adherir a él, resultan, todos, inferiores.

Esta extendida estupidez colectiva no es suficientemente combatida. Cuando las papas queman, previo a un clásico por ejemplo, se apela a la concordia. Pero en general se acepta sin mayores críticas esto del “qué distintos somos”, que es desperdigado por amplios sectores de las clases medias y que naturaliza la fanatización fascista.

Esta fanatización contamina otras dimensiones sociales, como por ejemplo la adhesión partidaria, en donde se ha ido imponiendo una comprensión moral esencialista de la diferencia política. De esta forma se profundiza la grieta entre quienes se descalifican mutuamente por “zurditos” o por “fachos”, por ejemplo, y creen que describen así una sustancia moral defectuosa y constitutiva del ser del adversario político.

El “qué distintos somos” es mucho más grave pues de lo que a simple vista parece.

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