Francisco Faig
Francisco Faig

Discursos ante la “crisis”

Se acumulan datos que señalan que la desaceleración económica está instalada. El talante oficial frente a la nueva situación ha sido fijado por el propio Vázquez: cautela y austeridad en el gasto.

Se acumulan datos que señalan que la desaceleración económica está instalada. El talante oficial frente a la nueva situación ha sido fijado por el propio Vázquez: cautela y austeridad en el gasto.

No parece ser solo una precaución ante las demandas por el presupuesto. Más bien responde a un análisis de largo plazo que impide prever un ritmo de crecimiento anual superior al 3% como lo ocurrido en la última década.

Se abre así un tiempo político distinto para los próximos dos o tres años. No porque haya que avizorar una crisis de gravedad como la de 1999-2002. Pero sí porque los salarios reales no crecerán tanto; las empresas no invertirán como en estos años; el desempleo dejará de estar en cifras tan bajas; y, en general, la sensación de euforia a la uruguaya porque transitamos hacia el país de primera, perderá fuerza hegemónica.

Ya se deja entrever la explicación política de izquierda a esta nueva coyuntura. Primero, se trata de marcar la responsabilidad del viento del exterior. Los matices van desde la extendida tontería de que el mundo está en crisis, hasta la resignación por la influencia negativa de los bajones económicos de nuestros vecinos, pasando por el condimento, a voluntad, de la acción del pérfido imperialismo que fija, por ejemplo, mayor valor al dólar. Segundo, se trata de recordar, siempre, el buen rumbo del gobierno que condujo esta década de crecimiento, sobre todo comparado a los de los viles años noventa. Y tercero, deja claro que la adversidad no cambiará el signo solidario del gobierno frenteamplista.

Esto último es clave para conservar el apoyo de las grandes mayorías populares. De forma general y sin hacer locuras, la izquierda privilegiará el gasto del Estado antes que cualquier equilibrio macroeconómico estricto. Si se frena mucho la recaudación, se soportará un déficit fiscal mayor. Si las papas realmente se queman, nadie dudará en poner algún otro impuesto a los más ricos, porque sabido es que en la comparación internacional todavía hay margen para mayor presión fiscal. Para decirlo en la jerga de la izquierda: lo que no va a ocurrir es que las cuentas del Estado cierren bien a costa del sacrificio de la gente. ¿Qué importa un déficit fiscal de 4% si con ello podemos pagar mejores jubilaciones?

La movilización del aparato ideológico y cultural de la izquierda, con su tropa de universitarios devotos y prendidos de sus cargos públicos y sus contratos estatales, ayudará en esta tarea de legitimación de la política del gobierno. Hoy ya hay un botón de muestra: no hay niños que pasen hambre, como en los noventa. Ahora, se relativiza incluso que pasen “inseguridad alimentaria severa”.

Así las cosas, la tentación de acusar al gobierno de demagogia estará tan extendida en la oposición como inútil será su resultado político. Hacer hincapié en el cuestionamiento de datos macroeconómicos o marcar con dedo inquisidor un “yo te avisé” que refiera a pasados discursos de campaña, solo conmoverá a los ya conmovidos. Además, semejante actitud hará más fácil la ratificación de la diferencia sustancial entre el campo de los moralmente superiores izquierdistas, y el espacio de los dirigentes opositores sin sensibilidad social.

Si la interpretación de la crisis opone estos dos relatos, no hay duda de cuál conservará el lugar hegemónico en la sociedad. Políticamente, da mucha lástima que todo sea tan previsible.

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