Francisco Faig
Francisco Faig

Desidia y resignación

Enfrentamos problemas que se repiten periódicamente y se agravan con el tiempo, pero que no logramos resolver. Aquí se ve un trazo de nuestro carácter que viene ganando el alma nacional hace ya décadas: la desidia y la resignación colectivas.

Enfrentamos problemas que se repiten periódicamente y se agravan con el tiempo, pero que no logramos resolver. Aquí se ve un trazo de nuestro carácter que viene ganando el alma nacional hace ya décadas: la desidia y la resignación colectivas.

Hay algunos ejemplos notorios: la recurrente violencia en el fútbol, la inseguridad ciudadana ahora con nuevas modalidades delictivas, los malos resultados de la enseñanza sobre todo en los jóvenes de las clases populares, o los penosos casos de violencia doméstica contra mujeres y niños. Pero hay otros problemas que también se repiten. Por ejemplo, ¿por qué todos los inviernos tenemos la gimnasia de movilizaciones gremiales, casi siempre vinculadas al presupuesto y protagonizadas por funcionarios públicos, que entorpecen la marcha del país? ¿Por qué la muerte violenta de un trabajador del transporte público trae siempre como consecuencia un paro inmediato que deja a pie a decenas de miles de trabajadores de las clases populares, que son los que no tienen vehículo propio?

Hay quienes señalan que una de las razones de esta incapacidad colectiva es que no hay liderazgo político para enfrentar estos problemas. La sociedad ha probado de todo, sin éxito, en estos 30 años de democracia: colorados y blancos, con apoyos parlamentarios más o menos frágiles o sólidos; y mayorías frenteamplistas, con liderazgo vazquista o de talante mujiquista. Los hay también que acusan a sectores corporativos con gran peso político y social que, cada vez, impiden cualquier cambio que contradiga sus intereses. Así, la defensa de los “derechos adquiridos” siempre termina ganando frente a cualquier ademán reformista.

Estas explicaciones, con ser verdad, no terminan de dibujar completamente el cuadro. Ocurre que, además, nuestra sufriente sociedad vive resignada a estos problemas. Los percibe como inevitables, porque cree que también pasa en otras partes del mundo, o porque sencillamente “es lo que hay, valor”. Y aunque es cierto que muchos tratan de zafar de esta realidad, solo una minoría económica más acomodada lo logra, poniendo por doquier parches individualistas para salir del paso. Frente a la inseguridad, responde con más alarmas y cambios de hábitos; frente a la decadencia de la enseñanza pública, procura pagar por la privada; frente a los desmanes del fútbol, contrata el partido por televisión.

Pero el problema grave de fondo es que las grandes mayorías silenciosas y populares no pueden zafar. Con resignación bíblica van perdiendo ineluctablemente calidad de vida. Son víctimas del daño furibundo que les propina una desidia nacional que los destrata con sus indolencias y negligencias cotidianas.

Quizá uno de los mayores desafíos de las nuevas generaciones políticas sea enfrentar con decisión esta desidia y resignación que se arrastran hace tanto. Lo más noble de la vida política tiene aquí amplio campo para actuar. Pero para ello hay que dejar de lado los debates tácticos de posicionamientos electorales y dedicarse enteramente a una tarea de pedagogía política que lidere una visión distinta de país.

Se precisa tiempo, paciencia y profesionalismo en la comunicación. Pero sobre todo, se precisa entender que esta sociedad resignada perjudica antes que nada a los más pobres. Porque con su negligencia feroz, ella respira una desidia cómoda, autocomplaciente y tilinga.

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