Francisco Faig
Francisco Faig

La crisis mágica

Terminado el ciclo electoral se hace evidente el peso hegemónico del Frente Amplio. No solo porque tiene mayoría absoluta por tercera vez en ambas Cámaras. Sino porque ganó en intendencias claves que le aseguran gobernar en ese nivel a dos de cada tres uruguayos.

Terminado el ciclo electoral se hace evidente el peso hegemónico del Frente Amplio. No solo porque tiene mayoría absoluta por tercera vez en ambas Cámaras. Sino porque ganó en intendencias claves que le aseguran gobernar en ese nivel a dos de cada tres uruguayos.

Lo cierto es que el país está partido en dos mitades electorales, una un poco mayor que la otra. Concertación en Montevideo ilustró esa realidad ya que repitió el resultado conjunto de los partidos tradicionales de 2010. Para cambiar la mayoría se precisa algo distinto que, a la vista está, la actual oposición no ha logrado concretar desde 2004. Ahora aparece en el horizonte de su imaginario político una perspectiva cada día más verosímil: los uruguayos dejarán de votar al FA cuando se hagan sentir claramente las consecuencias de la crisis económica.

Para los blancos es un razonamiento que suena a referencia histórica, ya que evoca la hegemonía batllista y la crisis económica que ayudó a ganar en 1958. Pero en general, la idea seduce por su sencillez ya que permite dos cosas. Primero, justificar los triunfos de la izquierda en los éxitos de la bonanza económica. Segundo y en paralelo, eximirse de responsabilidades serias por las derrotas, a la vez que esperar con resignación que los astros entren en un previsible desarreglo que dé una oportunidad firme de cambio electoral. Entretanto, hay numerosas intendencias que dan cobijo a la estructura partidaria blanca, y hay un trágico escenario colorado cuyo desenlace partidario es hoy imprevisible.

Este razonamiento tan extendido es puro pensamiento mágico. Atávico, seguramente se líe a cierta matriz religiosa redentora que conforma en filigrana el universo simbólico de tanta gente. Pero lo cierto es que se trata de una tontería pertinaz. Porque con la realidad cultural y política fijada en estos años, no alcanza con una crisis para que las mayorías populares abandonen su opción frenteamplista.

Aquí se ha asentado un relato histórico y un entendimiento del mundo que definen actores moralmente condenables y otros intrínsecamente aceptables. Oligarcas, rapaces, egoístas y sobre cuyas intenciones hay que desconfiar, los de los partidos tradicionales; nobles, solidarios y de buena madera, los afines a las diversas izquierdas. Por si ello fuera poco, hay momentos claves del debate político en los que la oposición ha decidido situarse lejos de las mayorías populares y de nuestro tiempo de modernidad. Cree, por ejemplo, que representa a los más pobres cuando critica al IRPF o al IASS; que sostiene al país productivo votando contra el impuesto a primaria al campo; o que defiende a la institución familiar oponiéndose a la despenalización del aborto o al matrimonio homosexual.

En este contexto, si la crisis llega, sobrarán argumentos en la izquierda para convencer de apuntalar su necesario proceso de renovación de liderazgos desde el convencimiento de mantener el rumbo general forjado en quince años de gobierno frenteamplista. ¿Por qué cambiar hacia algo moralmente inferior, de gestos antipopulares y pasado nefasto, en pleno tiempo de turbulencias?

No hay más verdad que la realidad. Y nuestra realidad política exige asumir que para que se opere un cambio electoral radical se precisa de un cambio cultural vigoroso. Hoy, los partidos tradicionales no lo están generando. Es más: están a años luz de promoverlo. Así de simple. 

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