Francisco Faig
Francisco Faig

Complot de la derecha

Otra vez la prensa ensañándose con Sendic. Otra vez sospechas de malos manejos de dineros públicos y otra vez declaraciones del vicepresidente que intentan fallidamente salir del paso. ¿Acaso todo esto forma parte de un complot de la derecha local que aliada a la sudamericana pretende desestabilizar la democracia?

Otra vez la prensa ensañándose con Sendic. Otra vez sospechas de malos manejos de dineros públicos y otra vez declaraciones del vicepresidente que intentan fallidamente salir del paso. ¿Acaso todo esto forma parte de un complot de la derecha local que aliada a la sudamericana pretende desestabilizar la democracia?

Decenas de miles de frenteamplistas creen que sí. Y no solo los religiosos-militantes que aplaudieron la declaración de respaldo del plenario a Sendic, luego de que balbuceara mentiras en el caso de su inexistente título de licenciado. También lo cree la vieja guardia relevante como José Mujica, la nueva guardia aguerrida como Constanza Moreira e incluso el presidente Vázquez.

Sin embargo hay al menos dos razonamientos que no cierran bien en esta teoría del complot. Imagínese por un momento que la producción de cal o de pórtland o las multimillonarias inversiones de Ancap fueran eficientes; que el título de licenciado estuviera expuesto a simple vista en el escritorio del vicepresidente; que la publicidad de 2014 de la lista 711 no hubiera sido calcada de la institucional de Ancap; o que bajo la presidencia de Sendic, sus gastos personales no hubieran ido a la cuenta de Ancap: ¿cómo hubiera podido ensañarse hoy esa derecha complotista para desprestigiar al vicepresidente?

La segunda debilidad surge en la izquierda misma. Si Sendic ocupa su lugar institucional trascendente es porque evidentemente fallaron todos los controles políticos previos en el Frente Amplio: los técnicos, que deberían de haberse alarmado tempranamente de la mala deriva de Ancap; pero también los morales, que deberían de haber denunciado la utilización de la campaña institucional de un ente público al servicio del sector de Sendic. También falló la izquierda toda cuando salió a la luz pública la mentira del título cubano, porque decidió abrazarse fanáticamente al fraude vicepresidencial.

En última instancia, lo del complot esconde que muchos de los problemas de Sendic, infelizmente, no son excepcionales en la izquierda. El Frente Amplio convive sin problema con el fraude de títulos. ¿O, por ejemplo, no sigue siendo secretario de la coalición Reboledo, quien mintiera por años sobre su condición de sociólogo? Y ha malgastado dineros públicos en acomodos clientelistas e inversiones fallidas: ¿qué era si no, por ejemplo, aquel cargo que beneficiaba al aspirante a yerno de Arismendi o qué son si no los turbios negocios en ASSE? ¿Qué otra cosa son el corredor Garzón o el puerto ultramarino de Rocha?

El enojo de la izquierda se escuda en cierta preocupación institucional. Mujica explica, por ejemplo, que con estos complots de la derecha se desprestigia a la democracia misma. Pero en verdad pasa todo lo contrario: es porque la democracia es fuerte y hay libertad de prensa que se ventilan irregularidades y tramas de corrupción. Y es con esa mejor información que la ciudadanía puede elegir con mayor responsabilidad a sus gobernantes.

Hay algo adolescente en explicar el descalabro de Sendic por un complot. Cansa que siempre se procure pasar la responsabilidad a otros. Porque en verdad lo que el país precisa es que de una vez por todas el Frente Amplio se haga cargo de sus horrores.

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