Francisco Faig
Francisco Faig

El chivito seguro

Hace un par de años escribí aquí sobre la teoría del chivito. Ella no solamente sigue vigente sino que ha pasado a ser clave para entender el escenario político.

Hace un par de años escribí aquí sobre la teoría del chivito. Ella no solamente sigue vigente sino que ha pasado a ser clave para entender el escenario político.

La teoría del chivito dice que en esta década las clases medias han progresado en su nivel de ingresos y han podido acceder a unos pocos esparcimientos o pequeños gustos que antes les eran impensables. Sus primeras preocupaciones pasan pues por asegurarse que eso se mantenga. Evidentemente son conscientes de que hay problemas graves que el gobierno no termina de resolver, como la inseguridad y la educación pública. Pero como ellas no pueden arreglarlos y además vienen de décadas de consumo austero y de periódicos tiempos de retroceso, lo cierto es que mientras tengan para disfrutar de un chivito de vez en cuando, están conformes.

La teoría refiere al chivito porque señala así que los gustos que esas clases medias pueden darse son pequeños. Porque con un ingreso medio de los hogares para el total del país que fue a noviembre pasado de $ 52.131, no hay grandes disfrutes posibles. Será, por ejemplo, un asado en familia cada tanto, un chivito un sábado a la noche, una moto en cuotas o un fin de semana de veraneo: lo suficiente como para darse cuenta de que en el cotidiano de las pequeñas realidades se está mucho mejor que antes.

Así las cosas, todo debate político que privilegie su atención en tarifazos, problemas productivos y de competitividad internacional, dificultades por aumentos de costos empresariales o enojos por mayores tasas de IRPF, con ser importante y legítimo, no interesa a esas grandes clases medias urbanas. Para ellas importa mucho más que el salario real siga creciendo, como pasó en 2016, y que el poder de compra de las pasividades siga aumentando, como ocurre hace más de una década, y sobre todo para las más bajas que son las más numerosas.

Que tengamos los mejores Hereford del mundo pero que la ecuación del negocio agropecuario se complique por mayores costos de producción o atraso cambiario, les es absolutamente indiferente. El déficit fiscal no les importa. Hasta les puede parecer positivo si el gobierno explica que ocurre porque nuevos colectivos entraron al Fonasa o porque el Estado está contratando nuevos funcionarios.

Una gran dificultad del discurso opositor pasa por conectar con esas clases medias y aceptar y entender las implicancias de la teoría del chivito. Hay que traducir en la actualidad aquel consejo de Luis Alberto de Herrera cuando, al final de su vida, prescribió que se prestara atención a lo que importaba realmente al pueblo: “cuidado con el querosén, con el pan, con el boleto”.

Hoy lo que importa es asegurar a esas clases medias que nada ni nadie pondrá en duda sus chivitos y que, además, es posible una mejor educación, más seguridad pública y mejores servicios de salud. Pero no en el Liceo Francés, en Carrasco o en el Hospital Británico, sino en las escuelas y liceos públicos de los barrios populares, en los barrios obreros de la zona metropolitana y en los hospitales públicos corroídos por la desidia y la corrupción.

Hasta que esto no sea lo central en los gestos y discursos opositores, la teoría del chivito seguirá beneficiando política y electoralmente al Frente Amplio.

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