Francisco Faig
Francisco Faig

¿Cambió el humor?

En los últimos meses cambiamos de ánimo político. Cierta opinión pública dejó atrás el tiempo de la despreocupación, característico de la plata dulce, y ha empezado a ser más crítica.

En los últimos meses cambiamos de ánimo político. Cierta opinión pública dejó atrás el tiempo de la despreocupación, característico de la plata dulce, y ha empezado a ser más crítica.

Vaya como lista no exhaustiva de temas que irritan, la pésima ley de educación del primer gobierno de Vázquez que dio más poder a los sindicatos; el grosero manejo de una Alur que nunca tuvo capacidad alguna de competir con eficiencia; la extensión de una casta burocrática estatal con exorbitantes salarios formada por la barra compañera, antes crítica del clientelismo y ahora beneficiada por el poder; la costosa caída de Pluna con su vergonzoso remate trucho y su pérdida de millones que crecen con Alas-U; la escandalosa gestión en ASSE con sus despilfarros inauditos; los malos negocios de Ancap que obligaron a una capitalización de más de 1000 millones de dólares y que siguen dando millonarias pérdidas; las pérdidas también millonarias del BPS por ser menos exigente en los certificados por enfermedades laborales; la brutal violación a los derechos humanos en cárceles de mayores y en dependencias de internación para menores infractores; los graves y ya clásicos problemas de dirigentes de Asamblea Uruguay con el manejo de dineros públicos; los evidentes acomodos económicos de compañeros del sector de Mujica y afines, beneficiarios de estrechos vínculos con la dictadura de Venezuela o de los préstamos millonarios y corruptos del Fondes; y de los municipales, las irresponsables inversiones de la Intendencia de Montevideo y sus torpes corredores, o las millonarias prebendas para compañeros sindicalistas de parte de la intendencia frenteamplista de Maldonado.

Estos desaguisados ya se sabían: alcanza con revisar la prensa de estos años, y sobre todo la del quinquenio de la presidencia de Mujica, para verificar que todos eran públicos y notorios. Empero, mientras hubo bonanza generalizada para todos (aunque en distintas medidas, según qué lugar de la escala social se ocupara), el uruguayo de clase media urbana y acomodada, casi siempre de sensibilidad pro-estatista y relativamente informado y politizado, prefirió hacer la vista gorda. Así, seguramente ahora esté ocurriendo algo que ya se ha constatado en otros lares: el cambio de perspectiva económica decepciona a cierta opinión pública que se vuelve más exigente. Aquí además, ella ha empezado a dudar incluso del futuro venturoso del país de primera que la izquierda le había prometido.

Sin embargo, para entender bien esta coyuntura se imponen dos precauciones. La primera es que el cambio de humor no está aún generalizado. Para las clases medias y populares los aumentos diferenciales a las jubilaciones más bajas, anotarse para obtener un empleo público, o la llegada de la tablet para la abuela, por ejemplo, importan mucho más que el culebrón de Asamblea Uruguay. Es más: la gran mayoría no sabe qué es esa tal asamblea. La segunda es que ese malhumor no implica que los uruguayos hayan roto su sustancial adhesión estatista y clientelar: siguen ansiando estar tranquilos y vivir y dejar vivir con discreción, que una mano lava a la otra y las dos se lavan juntas.

Cambió el humor. Pero a no equivocarse: no cambió la esencia nacional.

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