Francisco Faig
Francisco Faig

Blancos con Mujica

El asado de importantes dirigentes del sector de Larrañaga con un Mujica cuya candidatura presidencial para 2019 no puede ser aún descartada, se transformó en uno de los hechos políticos más relevantes en mucho tiempo.

El asado de importantes dirigentes del sector de Larrañaga con un Mujica cuya candidatura presidencial para 2019 no puede ser aún descartada, se transformó en uno de los hechos políticos más relevantes en mucho tiempo.

Por un lado, todos destacaron la importancia del diálogo y el afecto entre dirigentes de distintos partidos para conducir por buen rumbo el país. Por otro lado, Mujica encontró un balón de oxígeno justo cuando el balance de su presidencia está siendo cada vez más cuestionado por propios y extraños.

Nuestra cultura política valora el diálogo entre dirigentes de distintos partidos. La izquierda usa con inteligencia ese valor simbólico y siempre encuentra cierta candidez opositora que se aviene a su juego: fue el café dialogante de Vázquez sobre seguridad el año pasado; es ahora el asado entre amigos de Mujica.

Está claro que, cada vez, nada importante se resuelve. Pero es claro también que, todas las veces, queda reafirmado quién cumple qué papel: la izquierda lidera y los dirigentes de los otros partidos secundan.

Así fue el resultado del asado entre amigos. Nada puso allí en aprietos a Mujica. Nadie habló de temas viejos de los años sesenta: para qué amargarlo, pobre Pepe. Pero tampoco nadie pidió, en la confianza que brinda la amistad, que Mujica aclarara entre achuras y vino tinto por qué parte de su barra se benefició con el Fondes y otra parte con los negocios con Venezuela; cómo es que sabía que el remate de Pluna iba a terminar tan pronto; si era cierto que Lula era un coimero tal como él dijo; cómo no ata la crisis de la lechería al tremendo costo de los precios del gasoil y de la electricidad que son fijados por su gobierno de izquierda; si de verdad cree, sincerándose entre amigos, que Sendic ha sido víctima de una campaña de la prensa y la oposición; y para cerrar la charla amical, quizá podría haberles contado cómo fue que se dieron maña para que algunos entes del Estado financiaran el documental de Kusturica que lo deja como un héroe y, entre risotadas, explicar bien cómo armaron el verso de su candidatura al Premio Nobel.

La amistad de estos blancos con Mujica es benevolente y servicial. Nadie quiso que el líder, que los quiere a todos, se atragantara con planteos sin duda tan impertinentes. Así que solo disfrutaron, felices, de la camaradería. Seguramente, al terminar el bacanal, Pepe habrá enviado sus cariños a cada una de las señoras de sus amigos-oponentes, lo que habrá sido recibido con sonrisas y sin rencores, ya que lo que importa es el diálogo franco entre quienes piensan distinto por el bien del país.

La señal de Mujica es clara: si es candidato y no logra mayoría frenteamplista en 2019, se tiene fe para amarrar a la mitad del Partido Nacional, como lo sabe hacer un líder con piezas secundarias afines. La señal de estos principales dirigentes del sector de Larrañaga es que si llega a ganar Mujica, son capaces de dar su apoyo al líder, siempre como partido menor y por el bien del país. Porque Mujica no es el adversario a contradecir ni a vencer. Es un amigo que piensa distinto.

¿Se puede imaginar guión más desolador para quienes desaprueban el rumbo frenteamplista del país y su impronta mujiquista?

Ni Kusturica luego de “Underground”.

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