Francisco Faig
Francisco Faig

Basta ya

El debate político no solo se ocupa de temas que inciden en la economía y la sociedad. También refiere a cuestiones morales y de valores colectivos.

El debate político no solo se ocupa de temas que inciden en la economía y la sociedad. También refiere a cuestiones morales y de valores colectivos.

En esta dimensión, tan especial, hay una tentación cada vez más visible de una parte de la oposición de alejarse de lo que los alemanes llaman Sittlichkeit, es decir, de ciertas prácticas sociales aceptadas de buen tono por la mayoría de los miembros de una comunidad.

Esa oposición está influenciada por cierta prédica de lo que se conoce como minoría intensa, que es descrita por Sartori como generalmente dogmática, sectaria o fanática, que ve todo en blanco y negro, y que asume que el mal está todo de un lado y el bien todo del otro (el suyo propio). Para Sartori, en una minoría intensa triunfa la mente cerrada sobre la mente abierta.

Es así como ciertos representantes de los partidos de la oposición terminan políticamente alineados con posiciones retrógradas, que ni siquiera son el fiel reflejo de lo que piensa y siente la inmensa mayoría de sus votantes.

Pasó con la despenalización del aborto. La ley fue criticada por una minoría intensa, pero menos del 10% de los ciudadanos apoyaron su derogación.

Y ahora pasa con la pretendida estatua de la Virgen María en la rambla, objetivo proselitista de Sturla y de la militante fe de Francisco.

Muchos blancos y católicos no logran separar política y religión. Terminan entonces alineados a la voluntad de la Iglesia, argumentando como si fueran aplicados monaguillos. Así, no sólo se divorcian de la Sittlichkeit de la sociedad toda, sino también de la preferencia de sus propios votantes, que son de sensibilidad mucho más laica que lo que algunas minorías intensas reaccionarias admiten.

Es imposible ganar adhesiones para formar mayorías sociales y políticas consistentes, si en cada ocasión relevante la sensación que se deja es la de la adhesión a una moralidad fuera de época.

Por ejemplo: se argumenta en Diputados que la fe religiosa es un medio para combatir una “falla moral” que explicaría una actual “decadencia social”; o se critica el pacto laico de 1918 por estar obsoleto, para apoyar que un símbolo religioso ocupe un lugar permanente y prominente en la rambla. Son dos argumentos de lo más conservador del siglo XIX, hechos sin anestesia (ni consciencia). Encarnan, resucitados, la reacción del Syllabus. Y todos tan campantes.

Basta ya. Somos un país que se precia de una tradición liberal tranquila, y único en todo el continente con la impar virtud de haberse quitado de encima el peso político de la Iglesia Católica.

En ese inteligente esfuerzo colectivo, el mejor presidente del siglo XIX, Bernardo Berro, y el gran jefe blanco del siglo XX, de formación protestante, Luis Alberto de Herrera, tuvieron mucho que ver.

Nadie tiene interés alguno en resucitar antiguas y anticuadas querellas que están además muy alejadas de la Sittlichkeit del siglo XXI occidental, democrático, laico y liberal.

Basta ya. Enhorabuena, venerad a María: libremente y en vuestras iglesias. Pero déjennos disfrutar tranquilos de la rambla. La gran mayoría laica y silenciosa no tiene por qué aceptar que una minoría intensa, religiosa o política, imponga su figura en un espacio que es de todos.

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