Francisco Faig
Francisco Faig

Baños de realidad

Es cierto que falta mucho y que nadie dice estar pensando en eso. Pero el cambio de viento se hace claro y entonces se abren esperanzas en el campo opositor en vistas a 2019. Sin llegar a adherir al cuanto peor mejor, lo cierto es que sorprende el desgaste gubernamental mayor al previsto, las rencillas en la izquierda más chillonas que de costumbre, y las perspectivas económicas y sociales peores que las imaginadas.

Es cierto que falta mucho y que nadie dice estar pensando en eso. Pero el cambio de viento se hace claro y entonces se abren esperanzas en el campo opositor en vistas a 2019. Sin llegar a adherir al cuanto peor mejor, lo cierto es que sorprende el desgaste gubernamental mayor al previsto, las rencillas en la izquierda más chillonas que de costumbre, y las perspectivas económicas y sociales peores que las imaginadas.

Se extiende así la idea de que ante un Frente Amplio sin recambio generacional y sin tanta plata para repartir, el malhumor de la gente hará posible la alternancia.

Es toda una ilusión que se funda en la pereza intelectual y política con la que la oposición se explica esta década progresista. No piensa con amplitud, variedad, profundidad y provecho político los motivos estructurales, la evolución de sus circunstancias electorales, los apoyos culturales, la coyuntura económica y la capacidad de transformación de esta izquierda gobernante y socialmente hegemónica.

Démonos un baño de realidad. Todos sabemos que la inseguridad va a empeorar; que va a aumentar el desempleo; que el salario real, con suerte, se va a estancar; que la educación va a seguir siendo desastrosa, sobre todo para las clases populares; y que de forma general, centenares de miles de uruguayos dejarán de ascender socialmente (e incluso derraparán), y otros tantos se asentarán en la vida marginal que llevan desde hace ya demasiados lustros. Pero este gobierno no dará ningún salto al vacío para liderar cambios dolorosos que lo enfrenten a sus bases políticas conservadoras y/o a sus compañeros de ruta sindical.

Otro baño. Todos sabemos que el nuevo uruguayo conservó su ADN socialdemócrata, amante fiel del demiurgo estatal. Nadie siquiera escuchará ninguna propuesta que pretenda ir por un rumbo diferente. Si la hegemonía cultural y política se ve arrinconada, reaccionará con ferocidad identitaria para defender sus posiciones, que son las de la nomenclatura de izquierda y que tan ligadas están al acomodo estatal y compañero. Queda bien que haya alguna crítica interna, sobre todo cuando no hay moros en la costa. Pero los límites son conocidos y claros: todo con el Frente, dentro del Frente y por el Frente y el poder.

Otro baño más. Los partidos tradicionales perdieron la batalla cultural hace años y por goleada. Refunfuñan, sí, cada tanto, cuando la prensa informa de algún libro que los pone en la máquina de picar carne cultural (y electoral) de la enseñanza. Pero luego se apaciguan, creyéndose sus propias historias de renovación e idoneidad. Con cuidadas manecillas, cada sector da suaves, condescendientes y simultáneos golpecitos en el hombro derecho del otro, y así todos se arrullan en sus tranquilizadoras certezas de capilla. Penden sobre sus rutinarias cabezas las espadas de Damocles que está ampliamente extendidas en el imaginario colectivo. Pero por invisibles, porque no hay peores ciegos que los que no quieren ver, de ellas no se ocupan los capellanes.

Todos sabemos que se vienen años duros. Pero el que quiera darse estos baños de realidad también sabrá que el rumbo largo está marcado. Para dejarlo más claro, la izquierda podrá apelar a metáforas futboleras: cuadro que gana no cambia; si se complica, a apretar los dientes y jugar al empate. Y sobre todo: los de afuera, son de palo.

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