Francisco Faig
Francisco Faig

Ajuste y clase media

Si algo bueno tuvo esta semana el anuncio del ajuste fiscal es que el país tomó mayor consciencia del verdadero nivel de sus salarios y pasividades. No hubo noticias nuevas. Simplemente estaban disimuladas tras la ola de optimismo progresista de estos años.

Si algo bueno tuvo esta semana el anuncio del ajuste fiscal es que el país tomó mayor consciencia del verdadero nivel de sus salarios y pasividades. No hubo noticias nuevas. Simplemente estaban disimuladas tras la ola de optimismo progresista de estos años.

En cifras redondas, unos 900.000 trabajadores ganan menos de $ 33.000 brutos por mes. Solo unos 485.000 de los asalariados, que son un 37% del total, paga IRPF; y casi 220.000 de ellos caen en la primera franja de pago, por lo que no les afecta directamente el cambio impositivo. Por el lado de los pasivos, solo 155.000 de un total de 700.000 perciben más de $ 50.000 al mes y por tanto se verán afectados directamente por la suba del IASS.

En un país que sigue queriendo ser igualitario y amortiguador como el nuestro, la mayoría prefiere identificarse con la clase media. Allí se incluyen muchos de quienes en realidad pertenecen a las clases económicamente más acomodadas, pero que se perciben a sí mismos como de clase media. Empero, como surge con claridad del análisis de los distintos niveles de ingresos, la verdadera clase media, medida por ingresos económicos, no califica para ser contribuyente del IRPF o del IASS. Por tanto, sus salarios o pasividades no se verán afectados directamente. Afirmar entonces que este ajuste pesará en los “bolsillos de la gente”, que afligirá al “pueblo” o que perjudicará a “la clase media” o a los que “más trabajan”, es caer en un error de comunicación y de diagnóstico político. Porque lejos de sintonizar con las clases media y popular, lo que muestra es un grave divorcio entre el sentido de las críticas al gobierno y la realidad cotidiana que ellas viven.

Tampoco este divorcio es nuevo. Pero al perdurar en el tiempo, y ya lleva al menos una década, ensancha las diferencias entre por un lado el discurso opositor y por otro las clases media y popular. Son clases que han vivido mejoras de ingresos sustanciales con respecto a 2002, a pesar de que hoy cobren menos de $ 24.000 al mes. Pero también intuyen que esas mejoras son frágiles por causa de la previsible disminución de empleos poco calificados.

Con el cambio de coyuntura, la clase media sigue creyendo que el Estado es capaz de protegerla. Quiere asegurar sus pequeñas conquistas de estos años de relativo mayor bienestar, tales como el asado mensual en familia, terminar de pagar la motito o de ampliar la piecita del fondo, contratar el fútbol por la tele o disfrutar de unos pocos días de vacaciones en una playa cercana. El IRPF no les atañe.

Para el pueblo el incumplimiento más grave no es el cambio en el IRPF con relación a la campaña de 2014. Lo más grave es que esta década progresista no construyó ningún país de primera como se había prometido. Fue de bajos y precarios salarios y de malos servicios públicos en salud, transporte, seguridad y educación.

En su “Herrera”, Eduardo Víctor Haedo describe la última consigna del caudillo en 1959. Entre otras cosas, Herrera señaló su preocupación porque se prestara atención a lo que importaba realmente al pueblo: “Cuidado con el querosén, con el pan, con el boleto”. Hoy, su mandato de que “no se amurallen en la casa de gobierno” tiene distinta traducción. Pero su esencia es la misma.

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