Francisco Faig
Francisco Faig

Acostumbrados a la barbarie

Se conoció un video de una golpiza a menores internados en el Sirpa. La justicia ha procesado a varios funcionarios del INAU porque menores a cargo de sus dependencias fueron explotadas sexualmente. Periódicamente, se informa de ajustes de cuentas entre presos que terminan muertos dentro de las cárceles.

Se conoció un video de una golpiza a menores internados en el Sirpa. La justicia ha procesado a varios funcionarios del INAU porque menores a cargo de sus dependencias fueron explotadas sexualmente. Periódicamente, se informa de ajustes de cuentas entre presos que terminan muertos dentro de las cárceles.

También sabemos, hace tiempo, que hay barrios populares enteros de la capital que sufren la acción de bandas criminales organizadas que roban, extorsionan y matan y que, incluso, se enfrentan a balazos por el control de ciertos territorios. Sobre todo en la periferia de Montevideo, no hay mañana de cualquier semana en la que no aparezca al menos un cadáver de algún menor de 30 años ajusticiado a balazos o a puñaladas.

Nada de todo esto es nuevo. Hace años que se sabe que se tortura a los menores infractores en dependencias estatales, con denuncias de organismos internacionales incluidas. Hace demasiados años también que nos enteramos de episodios de adolescentes menores de 15 años que se prostituyen en Maldonado, Montevideo, Paysandú o Rivera por ejemplo, a veces en connivencia con funcionarios públicos que ofician de cuasi cafiolos, cuando en realidad ellas deberían de estar bajo la protección del INAU. Hace muchos años ya que se reinstaló por la vía de los hechos la pena de muerte en nuestras cárceles. Hoy, ella existe sin garantía alguna de un juicio justo de ningún tipo: se mata o se muere en función de rencillas que responden a códigos del submundo delictivo.
Finalmente, el problema de la inseguridad en Montevideo, y sobre todo en sus barrios populares, es conocido por todos: ya en 2013, en algunas áreas de la capital la policía había registrado índices de 70 homicidios cada 100 mil habitantes al año, una cifra similar a la de algunos países centroamericanos y que es de las más altas del mundo.

No es justo responsabilizar solamente a estos años de izquierda en el poder por estas situaciones que, en algunos casos, se arrastran desde hace décadas. Empero, sí es cierto que en esta última década hubo una bonanza excepcional que debería de haber permitido enfrentar estos problemas con mucho mayor ahínco y voluntad. La realidad es que eso no ocurrió ni ocurre, y que el grueso de la clase media, que ha engordado sus bolsillos, ha preferido mirar para el costado. Se queja de vez en cuando sí, porque su buena conciencia se sobresalta con algún horrible video en las redes sociales. Pero, esencialmente, acomoda el cuerpo, anestesia el alma y se encierra en su mundo privado para evitar enfrentarse al espejo de su miseria como sociedad.

Las dos veces que pudo votar para cambiar al elenco gobernante, esta amplia mayoría ciudadana policlasista y sobre todo capitalina, prefirió con contundencia ratificar a la izquierda en el poder. Ella pudo alegar, muchas veces con razón, que la alternativa política no parecía muy sólida. Pero tampoco es que haya exigido con sus votos de 2009 y 2014 un radical cambio de rumbo sobre estos temas que, notoriamente, ya no andaban bien. Es más: la última candidatura de Vázquez ganó diciendo que traía certezas y que vamos bien.

A esta clase media mayoritaria, urbana, relativamente informada, autocomplaciente y de sensibilidad socialdemócrata no le gusta nada siquiera leerlo, pero lo que sigue es la pura verdad: desidiosos y displicentes, nos acostumbramos a vivir en la barbarie.

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