Francisco Faig
Francisco Faig

Sí, ¿y qué?

Hace unos meses que está instalado en nuestra política un talante insolente, sobre todo a raíz de particulares posiciones oficialistas. No es coyuntural ni parece querer desaparecer con el tiempo. Al contrario, gana en naturalidad y legitimación.

Hace unos meses que está instalado en nuestra política un talante insolente, sobre todo a raíz de particulares posiciones oficialistas. No es coyuntural ni parece querer desaparecer con el tiempo. Al contrario, gana en naturalidad y legitimación.

Los ejemplos que lo ilustran abundan. El vicepresidente nunca tuvo el título que se atribuye, pero sigue firmándose licenciado en comunicaciones oficiales; se capitaliza Ancap en cerca de 1.000 millones de dólares, pero las pérdidas millonarias se mantienen y se toman nuevos funcionarios en la división cemento, siempre con un gasoil carísimo que agobia al verdadero país productivo; la compra de un avión presidencial se hace luego del cambio de integración del Tribunal de Cuentas, y se reafirma que no hay irregularidad alguna; Muñoz proclama que se está cambiando el ADN educativo y que Netto es el Varela del quinquenio, a pesar de los malos resultados en las pruebas PISA.

Cada uno de esos ejemplos podría ilustrarse, cada vez, con Sendic, Jara, Vázquez o Muñoz esputando en la cara de un supuesto anonadado interlocutor que se atreviera a expresar algún reparo moral o legal, un fuerte y claro: “sí, ¿y qué?”. Es decir, podrá haber aprensiones pero importan un comino porque, en última instancia, el Frente Amplio sigue contando con apoyo ciudadano. Y no pasa nada.

Lo interesante del asunto es que la izquierda tiene algo de razón. Esta insolencia generalizada y asentada en la escena política tiene apoyos. Están los militantes y votantes más aguerridos que justificarán siempre todo con espíritu religioso. Pero hay también otros grupos, menos fanáticos pero muy numerosos y variados, que la aceptan o relativizan. O bien apelando a la vieja idea de que siempre las mayorías fueron un poco jacobinas y esta vez no es la excepción; o bien porque, como dicen algunos con servil complacencia, vivimos en uno de los mejores países del mundo y estas cosas, simplemente, forman parte del medio vaso vacío que siempre existe.

El problema es que esta insolencia frenteamplista va más allá de las naturales divergencias propias de una democracia. Agrieta, en realidad, el edificio hecho de va-lores comunes y consensos políticos que hacen a la fortale-za de una República. Porque, en los ejemplos anteriores, naturaliza la impunidad frente a la reconocida men-tira, legitima la irresponsa- bilidad de gobierno con los dineros públicos, pone en duda la independencia de un órgano de contralor y se burla de promesas electorales sustanciales.

Lo hace sin que se le mueva un pelo de su seregnista bigote, afirmada como está en su extendida hegemonía cultural que le otorga el monopolio de la moral. Así, hace un feroz daño al país ya que fija como pedagogía ciudadana que todo lo político es de valor relativo. Porque si lo que hace alguien de izquierda está mal, no importa: primará la legitimada insolencia de que es de los nuestros.

Infelizmente, gana de esta forma la lógica de la barrabrava, esa de la que Miranda se quejó compungido luego de recibir con su diáfana sonri-sa de yerno meritorio a Amado. Eso sí: Miranda se hizo acompañar por Reboledo, el que mintió por años atribuyéndose un título de sociólogo que no tiene y que es ahora secretario del Frente Amplio. Sí, ¿y qué?

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