Fernando Savater
Fernando Savater

La paradoja yanki

A finales del siglo pasado, durante varios años pasé parte del verano en la Universidad de Middlebury, en Vermont, dando clases de cultura española en un ambiente especialmente amable de campus norteamericano.

A finales del siglo pasado, durante varios años pasé parte del verano en la Universidad de Middlebury, en Vermont, dando clases de cultura española en un ambiente especialmente amable de campus norteamericano.

Como Midddlebury es un pueblecito minúsculo, profesores y alumnos (a veces los segundos eran mayores que los primeros, ventajas de cursos no ligados a ninguna carrera académica en particular) solíamos ir los sábados hasta Burlington, capital del estado, en busca de lugares de diversión más concurridos y menos endogámicos que los de nuestra localidad. Recuerdo en particular una discoteca de ambiente gay muy animada, donde de vez en cuando ocupaban la pista de baile un grupo de aguerridas lesbianas que se las arreglaban a empellones para limpiarla de varones indeseados, algunos de los cuales, desde luego, oponíamos poquísima resistencia.

Burlington es una ciudad, como todo el estado de Vermont, con una tradición progresista, lo que en USA llaman “liberal”. De allí salió el vicepresidente demócrata Hubert Humphrey y otros políticos demócratas de ideas más avanzadas.

En los años en que estuve como profesor estival, una de sus atracciones casi turísticas (aunque fuese de turismo político) era su alcalde Bernie Sanders, al que nos presentaban con una mezcla de orgullo e ironía los nativos como el único socialista convicto y confeso del país. Era un judío no practicante y bien preparado intelectualmente, partidario de todas las causas progresistas que se planteaban por aquella época. Su foto resistiéndose a la policía en una de las manifestaciones convocadas por Martin Luther King nos emocionaba a quienes tuvimos veinte años en el 68. Sanders fue reelegido tres veces para alcalde y después se convirtió en senador perpetuo de Vermont. Al verle ahora como aspirante a las primarias demócratas para las elecciones presidenciales reconozco que he tenido toda una ventolera de nostalgia, en lo personal... y en lo político.

Es sumamente improbable que Bernie Sanders gane la nominación demócrata, pero también es indudable que su presencia ha marcado estos comicios, ha planteado temas de los que suele hablarse poco y ha “empujado” la candidatura de Hillary Clinton (amiga suya) hacia posiciones más radicales de la que sin su influencia hubiera preferido la cauta ex primera dama. Más allá de sus posiciones en cuestiones sociales, Sanders representa una novedad aún más sorprendente en el panorama presidencial, al ser un candidato agnóstico que no se considera ni representante de Dios en la tierra ni se inspira en la Biblia como vademécum de buena gobernanza.

En cualquier caso, estas primarias están siendo algo verdaderamente insólito en el juego político tradicional del país: por un lado está el aciago ascenso de Donald Trump, que representa la permanencia de los rasgos más fanfarrones, chovinistas y anti-ilustrados, a los que la crisis económica y el terrorismo yihadista han dado un temible refuerzo. Pero por otro lado, hemos visto en liza por vez primera a una mujer, a un judío socialista y decididamente laico, junto a dos candidatos de origen latino. Estados Unidos es un país cuyas instituciones aún permiten sorpresas, sea para lo mejor o lo peor. Tal es la paradoja yanki...

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